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El Destino, aquel cuento del centenario, en los 105 años de la ciudad de Río Tercero

Ciudad 08/09/2018 Por
El Destino, fue un cuento que se escribió con motivo de los 100 años de Río Tercero, en septiembre de 2013, obteniendo el tercer premio del Concurso Literario por el Centenario, que incluía narrativa y poesía. A un lustro de aquella fecha, aquí está publicado nuevamente...
El Destino1

Aquel cuento, que se presentó en el Concurso Literario por el Centenario de la ciudad, y cuyo autor fue quien escribe, bajo el seudónimo de "El Eternauta", se estructuró aludiendo al nacimiento de Río Tercero, pero especialmente intentando buscar una explicación por qué somos lo que somos como comunidad...

El Destino

—¿Por qué vivimos aquí? —le preguntó el hijo a su padre.

    Era primavera. Caminaban junto al río. Los eucaliptos eran mecidos apenas por una brisa del norte y los gorriones se enredaban bulliciosos entre sus ramas descascaradas. Al frente, las barrancas elevadas, delataban la erosión de siglos provocada por aquel curso de agua, seguramente más caudaloso antaño. La voz de la ciudad, ese sonido conformado por cientos de sonidos, se escuchaba distante. El sol de la tarde ya se desplomaba exhausto al oeste, sobre las sierras.

    —¿Por qué vivimos aquí, en esta ciudad? —interrogó el hombre.

    El chico respondió afirmativamente. Entre intrigado y sorprendido por aquel razonamiento de su hijo, intentó una explicación, la más sencilla que encontró:

    —Porque vos, la mami, tus hermanos y yo decidimos vivir aquí.

    —¿Y antes…? —insistió.

    —¿Antes de qué…? —volvió a responderle con una pregunta.

    —Antes de nosotros, de vos, de mis hermanos, de la mami...

    Intuyó que su hijo no solamente aludía al porqué de vivir en esa ciudad, sino, además, al origen de la misma. Esa comunidad había crecido con él, lo estaba haciendo con sus hijos y, seguramente, en el futuro lo haría con sus nietos. Recordó que su padre había llegado a ese pueblo para trabajar en una de las fábricas que allí se habían instalado y así había conocido a su madre nacida en ese lugar. En conclusión él, y también sus hijos, eran un producto de aquella ciudad. De no haber existido la misma con sus industrias, tampoco existirían ellos.  

    —Somos un capricho del destino —expresó en voz baja, casi para sí.

    Su hijo lo observó, requiriendo una ampliación. Detuvieron su caminar.

    —Si algo no hubiera sucedido, ni la ciudad existiría. Yo te voy a contar…

    Un tronco reseco se recostaba sobre la orilla del río. Allí se sentaron.

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     El hombre vertió el agua de su pava ennegrecida en el mate. Absorbió el primero de aquella mañana estival, que se anunciaba demasiado calurosa. El alba apenas despuntaba y los rojizos se entremezclaban con el azul celeste de un cielo despejado. Escuchó a lo lejos la voz del torrentoso río, ese que en más de una oportunidad le había ocasionado un verdadero susto al intentar cruzarlo con su alazán. Un jilguero comenzó a trinar sobre un molle cercano a su rancho. Los mugidos de las vacas y de los terneros se expandían en aquel espacio agreste, conformado por cientos de árboles y arbustos que formaban un profuso monte.

—¿Qué podría ser este cristiano más que un capataz? Solo seré en el recuerdo de otros eso: un capataz, un simple capataz —divagó por un instante, sin conocer por qué esa idea recorría su mente—.  Solo un simple capataz —reiteró.

  Preparó todo, acomodó el cuchillo en su cintura, cargó sobre su espalda una escopeta que solía acompañarlo y ensilló a su fiel compañero, ese alazán que lo llevaba en sus travesías. Deslizó su mano rugosa, curtida por el trabajo de campo, sobre el lomo brilloso del animal. Como si pudiera comprenderlo le dijo:

  —Y usted m’ hijo, es y será un simple caballo…

  Taloneó al equino y cansinamente comenzó a transitar un angosto sendero franqueado por molles, talas y espinillos, acompañados por algunas flores lilas y amarillas. Se detuvo, bajó del caballo, cortó varias y conformó un ramillete. No era un romántico. No debería serlo. Él era un hombre de campo, un capataz endurecido por el tiempo, pero allí sintió la necesidad de retornar a su hogar. No supo por qué lo hizo. Fue algo más fuerte que su propio temperamento. El sol  se despegaba de la línea del horizonte y el murmullo del río acompañaba el gorjeo de las aves. Ingresó en silencio. La mujer dormía. Sus hijos lo hacían en otro espacio. Depositó el ramillete de flores junto al catre. Susurró: —Son para usted patrona…

  —Cosas raras me han acontecido esta mañana, ¿será que me estoy poniendo un poco viejo? —reflexionó, mientras ya se trasladaba sobre su caballo.

    Comenzó a conducir el ganado. Debía llevarlo hacia otro sector de la propiedad en donde la llanura dejaba de ser llanura y se convertía en montañas. Una polvareda se erigió lejana, en el poniente. El sol ya se encontraba elevado sobre el naciente. No le fue difícil adivinar que eran caballos que se acercaban.    

    —¡Qué no sean esos cuatreros de mandinga! —exclamó, tocando su facón.

    Finalmente se enfrentó con cuatro jinetes. Uno de ellos descendió de su caballo y se acercó. Él permaneció en el suyo. Intentó preguntar qué necesitaban. No pudo hacerlo. Una puñalada feroz le atravesó el estómago. Procuró buscar su arma pero era demasiado tarde. La misma ya estaba en las manos del forajido. Percibió como la sangre caliente recorría su vientre y un dolor insoportable. Se desplomó y su humanidad se empapó con el polvo del camino. Su visión comenzó a nublarse y ni siquiera logró decir “no lo hagan”, cuando un disparo derribó a su alazán. Mientras la vida se le escurría, un solo pensamiento retornó a su mente:

    —Yo, un capataz, un simple capataz, ¿quién se acordará de este cristiano?

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    El hombre apretó con bronca aquel telegrama en donde le informaban oficialmente la terrible noticia. Se desplomó en su sillón de aquella casona de una Córdoba todavía colonial. Corría 1889 y el país estaba convulsionado. El presidente, oriundo de la provincia, no estaba cumpliendo el mejor papel. Nadie hablaba de otro tema, pero en su mente no existía otra imagen que la de su capataz. Lo imaginaba tendido en el suelo polvoriento. Su pesar y bronca se inflamaron aún más cuando conoció los detalles: lo habían enterrado junto a su caballo, nadie sabía bien en qué sitio. Así le dijeron. No lo podía creer. Se lamentó por el trágico destino de ese hombre a quien apreciaba.  Llamó a uno de sus hijos.

    —Mire hijo, usted conocerá lo que pasó, ¿verdad? —comenzó por decirle.

    El joven confirmó con su cabeza. No habló. Solo escuchó. Conocía las propiedades de su padre, pero más allá de visitar aquellos paisajes despoblados, en su mente existían otros planes. No se imaginaba administrándolos o cuidándolos, pero también conocía a ese hombre e intuyó hacia donde se dirigía.

   —El capataz en el que confiaba plenamente ya no está —apretó su puño y tomó algo de aire—. Mire hijo, en usted puedo confiar ahora. ¿Me comprende…?

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La travesía fue más tortuosa y extensa que en otras oportunidades. Por momentos dormitaba con el mecimiento irregular de aquel transporte tirado por dos caballos. Y soñaba: de la gran ciudad al campo inhóspito; de la comodidad al exilio en su propia tierra… pero esta le pertenecía y debía cuidarla. Descendió de la carreta y se encontró con algunos pocos lugareños que habitaban aquel sitio, vecinos de ese rancho. Luego se acercó a un corral. Ensilló a uno de los caballos.

    El sol languidecía sobre las sierras. Las chicharras generaban un sonido constante que se entremezclaba con el perenne rumor de aquel río. Taloneó al equino y se detuvo en un alto. Observó el curso de agua, hacia el este, que conformaba casi una media luna. Venus ya comenzaba a brillar ganando el cielo.

    Ingresó al rancho de aquel capataz, ese buen hombre que también había conocido. Su familia ya no estaba. Tomó una botella de vino y se sirvió en un vaso. Encendió un candil. Salió y caminó unos pocos metros. Visualizó el cielo poblado e iluminado por millones de estrellas con una media luna venciendo a Venus. Retornó, cansado por el viaje, al interior de aquel rancho. No había comido. Tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Estaba ya exhausto. Depositó su cuerpo en un catre. Giró y observó en el piso un ramillete de flores marchitas.

    —Es el destino —reflexionó y finalmente se durmió.

    Soñó con una casona, en ese lugar, para una estancia a la que llamaría “Media Luna”, viviendo allí con su esposa y con su hija. Sus sueños, como todos los sueños, fueron más allá. Observó un tren y un plano de pocas manzanas. Visualizó a su hija contrayendo enlace con un joven de origen español. Sus sueños, como todos los sueños, fueron más allá. Soñó despidiéndose de este mundo y observó a su yerno gestionando la llegada de una prometedora fábrica.

    Sus sueños, como todos los sueños, fueron más allá. Imaginó la llegada de más industrias y a su “Media Luna” creciendo con otro nombre: el del tercer río que la formaba. Soñó que ese torrente que le otorgaría el nombre definitivo a su pueblo imaginado, recuperaría su primera denominación aborigen: “Ctalamochita”.

    El sueño se convirtió en pesadilla: observó a la prometedora fábrica estallando un día, pero también a su pueblo recuperándose de aquel golpe brutal.

Soñó que un hijo le preguntaría a su padre por qué vivían allí. Imaginó que este le relataría esa historia, que lo recordaría, pero que también mencionaría a la estancia, a la gran fábrica, a las otras fábricas, y le explicaría porque había llegado él a ese lugar: por el destino trágico de un capataz que no debía ser olvidado.  Soñó que su propio destino estaba definido: ser la matriz de un destino colectivo.

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    —¿Entendiste por qué estamos en este lugar? —preguntó el hombre.

    El chico asintió conforme con su explicación.

    —Somos también una parte de ese destino hijo —agregó pensativo.

    Concluyó explicándole que aquel soñador se llamaba Modesto Acuña y que los sueños son mucho más que sueños. Le indicó que el otro hombre, aquel que se imaginaba condenado al olvido, era Eduviges Carmona, y que no sería en ese presente, solo un “simple capataz”. Se levantó del tronco reseco y se acercó al río. Tomó unas flores silvestres, lilas y amarillas. Conformó así un modesto ramillete.

    —¿Y esas flores…? —interrogó el chico, observándolo atentamente.

    —Son para la mami —sonrió y colocó su mano en el hombro de su hijo.

    La ciudad continuaba emitiendo su voz distante. Los gorriones dormían, el sol había capitulado, Venus brillaba y una Media Luna crecía sobre las barrancas.

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor de Revista Tercer Río y Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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