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A 23 años de otra jornada que multiplicó el temor y el dolor en Río Tercero

Historia 24/11/2018 Por
No siempre, cuando se cumplen 23 años de la voladura de la Fábrica Militar en Río Tercero, se recuerda, por lo menos en todos los medios, que también en aquel noviembre, otro viernes, el 24 de ese mes, explotaban nuevamente, en ese caso, los proyectiles acumulados en el Polígono de Tiro de la Industria...

Habían pasado dos semanas. Las autoridades nacionales habían confirmado que nada quedaba en la industria que representara en la población un riesgo para sus habitantes. Si embargo, no sería así.

El viernes 3 de noviembre de 1995, en horas de la mañana, en uno de los hechos más atroces de la historia contemporánea nacional, la Fábrica Militar Río Tercero había sufrido la voladura de parte de sus instalaciones.

Aquella jornada, había representado, con siete víctimas fatales, un antes y un después en la historia de la ciudad.

Los barrios más cercanos eran literalmente arrasados, y los más alejados afectados por la onda expansiva y la caída de proyectiles.

No se hablaba entonces de un hecho intencional (o pocos lo hacían) y menos aún de que lo sucedido correspondía a un entramado internacional, con la anuencia del Estado nacional, que perseguía ocultar las pruebas del faltante de armamentos, producto del contrabando de los mismos a Croacia y Ecuador.

Los vecinos habían quedado golpeados, no solamente por la pérdida de familiares, amigos y conocidos, sino, además por los cientos de heridos, la destrucción de sus viviendas y la pérdida de los paisajes comunes.

Habían pasado dos semanas. Los proyectiles que se habían esparcido por la ciudad, sin detonar, habían sido recogidos por las fuerzas de seguridad.

Algunos habían comenzado a ser destruidos, con explosiones demasiado molestas, en el interior de la industria.

El reclamo social hizo que la Justicia Federal ordenara su destrucción en cárcavas ubicadas al oeste.

Un párrafo aparte para la policía provincial en aquellas jornadas. Con escasos medios, muchos de esos efectivos, vecinos de la ciudad, debían recoger los proyectiles, con el riesgo que eso implicaba, subirlos en camiones, llevarlos a las afueras, y allí detonarlos.

No siempre se tiene presente ese acuerdo entre la Provincia, entonces gobernada por Ramón Mestre, y la Nación, entonces gobernada por Carlos Menem.

Ese personal no la pasó bien. Muchos sufrieron las consecuencias, en algunos casos físicas, como pérdida de la audición, y en la mayoría, el impacto emocional, por todo lo que representaba aquella tarea.

Con los años, se les ofrecería como "reconocimiento" la posibilidad de acceder a un plan de viviendas, otorgado por el entonces Banco Hipotecario, pero con los años, terminó por convertirse en un problema: las cuotas aumentaron de manera exponencial, y no era sencillo abonarlas.

Se brindaron reconocimientos, como un acto y entrega de medallas, pero nunca sería suficiente.

Demasiado habían dejado, con medios precarios en ese trabajo, y poco o nada, recibirían a cambio.

El otro viernes

Precisamente sería la policía la encargada de informar en los medios, el horario de de la destrucción programada de los proyectiles en las afueras de la ciudad.

Era el atajo para contener a una sensibilizada sociedad, que ni siquiera podía escuchar la palabra "explosión".

En la radio LV 26, en donde trabajaba quien escribe, considerando que el solo hecho de mencionar esa palabra, podía generar temor en los oyentes, se recurriría a sinónimos.

"Detonación", "deflagración", "estallido", eran algunos de ellos. Hasta eso había trocado, la forma de referirse a un hecho puntual. No siempre el daño es material o físico. Es increíble lo que puede generar una palabra.

Las detonaciones, como se habían programado, se efectuaban cada un determinado espacio de tiempo.

Si bien eran molestos aquellos sonidos, al percibirse alejados y separados por los lapsos establecidos, informando, además, por los medios, que eso sucedería minutos antes, otorgaban algo de tranquilidad.

Una tarde, la del viernes 24, la comunidad se percató de que algo no estaba bien: las explosiones ya no respetaban aquella secuencia. No se escuchaban lejanas y los intervalos, eran escuetos, demasiado.

Algunos días antes, en un programa de televisión, el director de la industria, había señalado que nada quedaba en la misma que pudiera representar un riesgo para los habitantes. No era real.

En el polígono de tiro, junto al río Ctalamochita, se encontraban apilados cientos de proyectiles que habían sido recolectados en la fábrica por las fuerzas federales.

Fuego, explosión, angustia y bronca

En la radio se informaba que habían tomado fuego aquellos proyectiles. Ante la carencia de informaciones oficiales, un móvil, al observarse humo en el lugar, se había acercado a las inmediaciones del sitio.

Por alguna razón (se especula que por la fisura en algunos de los proyectiles), estos habían tomado fuego, al entrar en contacto con el aire sus contenidos, ayudados por el intenso calor.

Ese sector estaba a cargo de Gendarmería Nacional. Desde la fábrica intentaron, siempre según la versión oficial y conocida, apagar el incendio, pero no sería posible.

A esa altura, con las detonaciones cada vez más potentes, los vecinos, alarmados y angustiados, conociendo que podía suceder, considerando el antecedente de hacía apenas dos semanas, comenzaron a dejar la ciudad.

"¡Otra vez no! ¡Otra vez no!", gritaba, mientras lloraba, una joven, corriendo junto a una amiga. Quien redacta este informe, y que realizaba la cobertura en uno de los móviles radiales, aún tiene frescos aquellos pasajes.

"Nos mintieron, ¡otra vez nos mintieron!", reclamaba un hombre, casi fuera de sí. En realidad, y con justa razón, se encontraba totalmente fuera de sí. La indignación, entonces, se mezclaba con la impotencia y la angustia.

"¿Así fue la otra vez?", preguntaba una mujer enviada por la Nación para relevar daños, la que solicitó si podía ser llevada en el móvil a las afueras de la ciudad. "Fue menor materialmente, pero esta es la peor de todas", fue la respuesta.

Minutos antes de aquel diálogo, se había producido una gran detonación, en masa, de todos los proyectiles acumulados, similar a las del viernes 3.

Otro hongo de humo, otra vez el sonido brutal, nuevamente la onda expansiva, los rostros desencajados, familias enteras esperando en los costados de las rutas, emigrados espontáneos en poblaciones vecinas y campos cercanos. 

La angustia era otra postal en la Unidad Turística de Embalse, de quienes se encontraban allí evacuados, a los que se sumarían más evacuados, llegados repentinamente desde Río Tercero.

A partir de allí, de aquella gran explosión, nuevas detonaciones menores, hacían que muchos adoptaran la decisión: sacar a los suyos de la ciudad, llevarlos de algún familiar o amigo, en alguna población de la zona, de la provincia e inclusive de otro lugar del país.

Ya nadie podía asegurar que nada sucedería nuevamente.

Por la noche, finalmente se calmarían los estruendos, pero el daño ya estaba efectuado. El perjuicio emocional se había potenciado. 

Explosion 24 de noviembre
El hongo del 24 de noviembre (Captura Video del entonces Canal 4 de Río Tercero)

Viernes 24 de noviembre y después

Las informaciones oficiales estaban rotas. Río Tercero, apenas dos semanas después de su peor día, había padecido su segundo peor día, y era noticia nacional nuevamente. 

El sábado, luego de lo ocurrido, en las calles de la ciudad no se observaban a chicos jugando. No. No estaban, o gran parte de ellos, habían sido llevados por sus padres, por seguridad, ante la incertidumbre de no conocer que podía suceder, a quién creerle, si era posible creerle a alguien.

Había sido relevado del cargo de director, Jorge Cornejo Torino. Interinamente había ocupado su lugar, un directivo de la DGFM, Edberto Gonzáles de la Vega.

Ambos, con los años, junto a otros dos exmillitares, serían juzgados y condenados por "estrago doloso agravado por la muerte de personas".

Aquel sábado, en horas de la tarde, una marcha, de unas cinco mil personas, recorrería las calles, exigiendo que se asegurara que nada más ocurriría.

Se entremezclaba la impotencia, la bronca, los gritos enardecidos. Ya era demasiado.

Por la noche, el nuevo director interino, con una maqueta a escala de la industria, trataba de explicar lo imposible de explicar, en medio de semejante desastre.

Cuando intentaba hacerlo se dispararía no un proyectil como los que habían estallado y volado, sino una pregunta: "¿A quienes no se encuentran en la ciudad, usted puede asegurarles qué no pasará nada más para retornar a sus casas?".

La respuesta: "Si quieren volver que vuelvan, es la decisión de cada uno". La seguridad solicitada, de retornar sin que nada pudiera suceder nuevamente, cuando el interior del establecimiento se encontraba atestado de proyectiles recogidos y acumulados, quedaría en suspenso.

Pasarían semanas en muchos casos, hasta que decenas de familias retornarían, hasta que los chicos estarían jugando nuevamente en las calles.

Finalmente se adoptaría la decisión de trasladar los proyectiles que regaban diferentes sectores, a un predio militar en las sierras.

El retorno y la causalidad

Así, luchando contra los miedos y la mentira, contra la incertidumbre y el dolor, miles retornaron, para levantar a la ciudad, por méritos propios y la ayuda de los pueblos vecinos, ante la realidad de un Estado ausente.

Ese Estado ausente, en un contexto y modelo de desguace de todo lo que le pertenecía, no solamente había agredido a la fábrica disminuyendo su capacidad productiva y de personal, sino a la ciudad.

Como corolario, apenas un año después, despedía a 424 personas que trabajaban en la planta.

La fábrica, en realidad, no había sido la victimaria, sino, como la ciudad con sus habitantes, también una víctima de un modelo que no entendía al Estado como un movilizador económico y social.

Nada sería casual, ni el desmantelamiento de la industria previamente, con retiros voluntarios y despidos, la agresión a la misma y a la ciudad, ni lo que ocurriría, como está señalado, apenas un año después. 

Río Tercero, claro, se recuperaría, pero aquello quedaría guardado en la memoria colectiva como el segundo peor día de su historia como sociedad. 

A la lluvia de hierro de un viernes, se le sumaría el impacto psicológico y emocional de otro viernes.

El viernes 24 de noviembre, sin tanta prensa como la que se le otorgó al viernes 3 de aquel 1995, no sería un día más en la historia de los riotercerenses. 

Sería una jornada que también marcaría a la sociedad para siempre.

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor de Revista Tercer Río y Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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