Una leyenda y una ciudad que nunca existió en Calamuchita

La leyenda de "La Ciudad de los Césares", ubicaba a la misma en diferentes lugares del país. Uno de ellos, era las serranías de Calamuchita.
Ciudad de los Césares 1
La imaginada e inexistente Ciudad de los Césares, también en Calamuchita

Hace algunos días se cumplía otro aniversario de la fecha en que se ordenaba construir el Fuerte Sancti Spiritu en una de las barrancas del Carcarañá, afluente del Paraná. El principal tributario del primer río es el Ctalamochita (Tercero), el torrente cordobés con mayor caudal y uno de los de la provincia mediterránea con salida al Atlántico. Desde ese lugar nacía parte de la leyenda sobre una supuesta ciudad desbordante de riquezas.

A partir de esa instancia, la instalación de un fuerte en la desembocadura del Carcarañá, se produjo no sólo la primera incursión, al menos documentada, hacia el interior profundo de lo que es actualmente la Argentina por parte de los europeos, sino que se gestó también el inicio de una leyenda. La misma situaba a una supuesta ciudad que desbordaba de riquezas en algún punto del país, entre ellos las sierras cordobesas. 

Ocurrió luego de fundarse, como está señalado, el Fuerte Sancti Spiritu en 1528 por Sebastián Gaboto,  que enviaba al capitán Francisco César, acompañado por entre 15 y 20 hombres, desde la desembocadura del Carcarañá, a internarse en parajes en donde el europeo nunca había incursionado en esta parte del continente, en el hemisferio sur.

Fue así que aquel militar español, comenzaba a a remontar, aguas arriba, con los hombres que lo acompañaban, el por entonces caudaloso río en la búsqueda del supuesto lugar, en donde se suponía, había grandes riquezas. Había riquezas, pero no "esa ciudad".

Una de las columnas, también supuestamente, se dirigía al sur de la actual Argentina, mientras que las otras, con César a su mando, habrían llegado al nacimiento del río Ctalamochita. Hay varias versiones: que hizo cima en el Champaquí, y retornó; que pasó al valle de Conlara, en San Luis; y una tercera, en donde se dice que llegó a los Andes.

Lo cierto es que no encontraron jamás esa ciudad “dorada” o “cubierta de esmeraldas”, y algunos de los hombres de aquella travesía -se indica- terminaban por perderse en una tierra desconocida, para ellos, obviamente. Así se originaba la leyenda, aunque también se menciona que en realidad no buscaban una urbe, sino la "Sierra de la Plata". Como sea, algo estaban buscando, y no precisamente era amistad con los habitantes originarios.

Debe recodarse que, por entonces, el Ctalamochita (Tercero), estaba conformado por los ríos Santa Rosa, Grande, La Cruz, Quillinzo y el arroyo Amboy. Son los mismos cursos de agua que hoy llegan a Embalse, en donde nace dicho río cordobés. El Santa Rosa tiene como tributarios, además, a varios cursos de agua que precisamente nacen en las sierras grandes, más concretamente en la zona del cerro más elevado de Córdoba, el Champaquí. 

Aquella ciudad imaginada por los conquistadores, la que decían, estaba gobernada por un “Rey Blanco”, era conocida como “Trapalanda”, “Lin-Lín” y otras denominaciones. Con los años sería conocida también como la “Ciudad de los Césares”. La misma, bien podría, en la activa imaginación de los europeos, estar ubicada en algún lugar de la zona del Tercer Río.

El origen de argentum

Los españoles, en su afán de conquista, buscaban en el norte del continente la mítica "Ciudad del Dorado" y en esta parte de América del Sur, lo hacían también, pero ingresando al estuario o Río de la Plata, que no por una mera casualidad adoptaba ese nombre, como tampoco lo hizo la actual Argentina. Si en el norte, buscaban oro, en el sur buscaban plata, esa que esquilmaron de las minas del Potosí en la actual Bolivia, con la muerte de cientos de seres humanos trabajando en las fauces de la montaña, para enviarla a Europa.

"Argentina" proviene del latín (argentum, plata). Desde las épocas de Pedro de Mendoza para referirse a la región del río de la Plata, se utilizaban los nombres de "Gobernación del Río de la Plata" y "Provincias del Río de la Plata". El origen del nombre "Argentina" es de 1554, cuando apareció como "Terra argetea" o "argéntea", del latín argentum que, como está indicado, significa precisamente plata, en los mapas del portugués Lopo Homem.

En 1516 Juan Díaz de Solís lo llamó "Mar Dulce", conocido también como río de "Santa María" y "Río de Solís". Esa manía de andar rebautizando lugares que seguramente tenían nombres originarios, viene desde el inicio de la conquista, cuando el genovés Cristóbal Colón se chocó lo que no conocía que era un "nuevo continente", para los europeos, claro, y comenzó a rebautizar islas, con sus habitantes incluidos, y todo lo que encontraba en lo que suponía que eran "las indias", por eso lo de llamar "indios" a los dueños originarios.

La manía de andar bautizando y rebautizando

El nombre "América", "se lo debemos" a un cartógrafo alemán llamado Martin Waldseemüller. Fue quien hizo el primer mapa del mundo en el que aparecía el recién "descubierto" continente de una forma, bueno... más o menos aceptable. Para diseñarlo, acudió a documentos que había dejado escrito otro navegante, Américo Vespucio.

También italiano, en este caso, florentino, Américo Vespucio (o Amerigo Vespucci), como Colón, estaba a las órdenes de España y de Portugal. En Italia, al parecer no existían intenciones de andar descubriendo nada y, por consiguiente, los marinos de la bota europea, en busca de trabajo, emigraban a países vecinos. Fue así que Américo, exploró, al servicio de españoles y portugueses, las costas de las actuales Venezuela y Brasil.

Todo indica que Américo era buen observador y tenía memoria fotográfica, pero sobre todo, muy aplicado en escribir detalladamente reportes para la cartografía que fueron de gran valor para que Waldseemüller hiciera su mapa, en el que decidió bautizar al nuevo continente (siempre para ellos, obviamente), como "Américo" en homenaje al florentino.

Como todos los continentes tienen nombre femenino, y eran unos avanzados, eso sí, al parecer en cuestiones de género (para los continentes, obviamente), aunque más no sea en dicho detalle, fue que, en esa manía de andar descubriendo y bautizando distintos lugares, los que ya tenían nombre y habían sido descubiertos, comenzó a ser llamado el lugar en donde vivimos, los del norte, los centro y los del sur, "América". Otro detalle pero actual: inclusive en los medios de comunicación siguen con la manía de llamar "americanos" a los habitantes de los Estados Unidos, como si el resto residiéramos en otro continente. 

Cristóbal como Américo, nunca supieron que habían navegado por otro continente, descubierto antes por sus habitantes, y dicen, visitado previamente, por los vikingos, que no se arrogaron el mote de "descubridores". Murieron, el primero, Cristóbal, convencido de que había descubierto algo, aunque no conocía muy bien qué, y el segundo, Américo, sin conocer que lo que había dejado para los cartógrafos, llevaría su nombre. 

Desde España y Portugal

Los portugueses que, con los españoles, se disputaban este territorio, como si les perteneciera a algunos de los dos reinos conquistadores, o como si fuera una copa de fútbol, lo denominaban "Río da Prata", a causa de los rumores que postulaban la existencia de metales preciosos, para ellos, obviamente, por lo que finalmente fue "Río de la Plata".

Fue así que se edificó aquella leyenda de la conquista. Algunos situaban a la supuesta ciudad en la zona de las serranías calamuchitanas, mientras que otros la ubicaban en la región cordillerana, al sur de nuestro país o en Chile. Por ello, cuando se alude a la misma, su supuesta ubicación, aunque parezca llamativo ubicar lo inexistente, se plantea entre las sierras calamuchitanas y también entre los picos cordilleranos de La Patagonia.

En realidad, lo que Gaboto (italiano, como Colón y Américo) buscaba, era una ciudad ampulosa de riquezas o, como está apuntado, las "Sierras del Plata". Lo que fuera, pero con algo para llevarse. No existían una, la ciudad, ni las otras, las sierras, o sí, pero sin estar cubiertas de plata. Lo que existió fue la leyenda, que sería de utilidad, como se leerá, para continuar financiando la conquista en estas tierras, con todo lo que ello implicó.

"La ciudad de los Césares"

La leyenda de la "Ciudad de los Césares", surgía después. Gaboto había partido desde España en 1526 con la misión de alcanzar las Molucas, cruzando el estrecho de Magallanes, en Tierra del Fuego. Sin embargo, durante su escala en Pernanbuco (Brasil), la expedición escuchó las primeras versiones sobre una rica tierra en el interior de América del Sur a la cual se podría acceder a través de un gran estuario ubicado más abajo de su ubicación.

Gaboto, a las órdenes de la corona española, prosiguió, pero no hacia el sur (más al sur), buscando un paso hacia las Molucas, sino para internarse en el estuario del Plata. Cuando estaba llegando, encontraba a un sobreviviente de la expedición de Juan Díaz de Solis. Era el grumete Francisco del Puerto. Este, quien dijo haber entablado relación con los aborígenes (no explicó en qué términos), "confirmó" lo que no se podía confirmar, porque no existían: que había "Sierras de la Plata". Se hablaba de minerales y piedras preciosas.

Puede, sin GPS o Google Maps aún, que hayan estado demasiado desorientados entonces, y se aludiera, como se intuye con respecto a la leyenda, al Potosí, en la actual Bolivia, que sí era una fuente rica en el metal plateado. De hecho allí, para extraer toneladas de plata, generarían una explotación humana abominable, en las denominadas "fauces del Potosí".

Gaboto no lo dudó y se internó con Del Puerto, como intérprete, en el entonces "Río de Solís", que no era propiedad, el río, del frustrado conquistador, ni de nadie, como lo comprendían entonces los habitantes originarios. Fue en 1527 cuando río arriba, ya incursionando en el Paraná, del que todavía nadie se había adueñado, colocándole su nombre, además, en la desembocadura del Carcarañá, decidía construir un fuerte. De hecho, en la actualidad, el lugar es conocido como "Puerto Gaboto".

El fuerte era bautizado "Sancti Spiritu". Mucha religión, pero... El sitio se convertía en el primer asentamiento europeo en la cuenca del Plata, que serviría como base para la conquista de la región, según lo reseña "Historias del Río de la Plata" - Roberto Hosne (Buenos Aires, 1998). Se dice que la intención inicial, no era ingresar por allí en la búsqueda de la "Sierra del Plata", sino desde más arriba. A la altura del río Paraguay la fuerza de la corriente les impidió continuar viaje, por lo que se decidió enviar una avanzada al mando de Miguel de Rifos que resultó emboscada por los aborígenes a la altura del río Pilcomayo con la posible complicidad de Francisco del Puerto. Todo un amigo de los conquistadores.

Gaboto, se indica, decidía entonces retornar a Sancti Spiritu. Y fue allí que surgió Francisco César, con su brillante idea. Así solicitó y obtuvo autorización para realizar su propia incursión, junto a unos pocos hombres (se indica que fueron unos 14), desde Sancti Spiritu hacia el oeste. La expedición marcaba el inicio de la imaginada "Ciudad de los Césares", según lo señala "La leyenda de los Césares, su origen y evolución" - Ricardo E. Latcham.

Poco después de que César había partido, el fuerte fundado por Gaboto, era destruido por los aborígenes, quienes, al parecer, no estaban muy conformes con la incursión de los europeos y su idea de quedarse con todo y, además, rebautizar con sus nombres a todo lo que encontraban a su paso, con denominaciones extrañas para las comunidades originarias.

La expedición de Gaboto, no encontró mucho, con César a su mando, más allá de algunas piedras con las que retornó. Lo que sí, por supuesto, se consolidó en Europa, fue la fama de la "Sierra de la Plata", y el rumor de que en algún lugar, cerca de allí, también existía una gran ciudad llena de riquezas conocida como la "Ciudad de los Césares".  

Gaboto, también llamado "Caboto", todo indica que no era de cumplir las rutas asignadas. No sólo ello, sino que, al parecer no era de escuchar consejos de sus subalternos que le habían sugerido cumplir con el itinerario original: seguir costeando a la actual Argentina y llegar a las Molucas. Y nadie, osaba con insistir. “Yo faré aquí lo que se me antojase”, se señala que expresó. Además, sus patrones o financistas, los reyes, estaban demasiado lejos.

Aquel veneciano, hizo lo que se le antojó y se embarcó en la aventura de encontrar la "Sierra del Plata", con la expedición de César. Claro que existían riquezas, pero seguramente no las que esperaban encontrar. En otras partes del continente, encontraron oro, mucha plata, enviada por toneladas a Europa, y cegaron, en ese afán de codicia, millones de vidas, en un verdadero genocidio. Algunos insisten con el "encuentro de dos culturas", cuando fue la imposición por las armas de una sola idea: conquistar.

Es obvio que se encontraron dos culturas, o una con varias culturas, pero una venía con sus armas, en una empresa económica que trascendía lo turístico, una cordial visita y lo altruista. Bien lo señala una viñeta de Hcatalán, con un soldado español indicándole a un dueño originario: "Traemos cultura, educación, progreso". Y como respuesta recibe una pregunta de quien no necesitaba ser descubierto: "¿Y la espada para qué es maestro?".

Quienes descubrieron a lo que ya estaba descubierto por los habitantes de esta tierra, al fin y al cabo, no descubrieron demasiado. Como está señalado, se indica, que si bien esa Sierra de la Plata no existió, en Europa, al parecer ello fue utilizado para avanzar en la conquista de lo que sería luego el Virreinato del Río de la Plata. Quienes andaban buscando esas sierras supuestamente cubiertas de plata y piedras preciosas, pasaron por esta zona, recorriendo desde el Paraná, el Carcarañá y luego el Ctalamochita (Tercero). Fue la primera incursión europea, por lo menos hacia esta parte de lo que actualmente es la Argentina.

Se dice que la búsqueda de la "Sierra de la Plata", al retorno de César, este, con algunos de sus soldados, hablaron que habían observado una tierra muy rica que tenía “ovejas del Perú” (llamas) y gran abundancia de joyas y metales preciosos. En el siglo 16 se empezó a conocer al lugar con el nombre de "lo de César". Como está señalado, si no era uno, eran otros quienes le otorgaban títulos de propiedad, bautizando lugares. 

Se comenzaba a hablar de la existencia de una ciudad Inca y sus habitantes empezaron a ser llamados "Césares". Su ubicación era incierta, señala el sitio tardecroaste, y al no encontrársela, empezó a sugerirse que se hallaba mucho más al sur del lugar en donde probablemente estuvo César. Según el investigador Ricardo Latcham, de haber sido las Sierras de Córdoba, tendría explicación la presencia de llamas y de metalurgia, pues en esa zona habitaban los diaguitas y los comechingones, ambos influidos por el Imperio Inca. 

Lo cierto es que esa ciudad, nunca existió o nadie descubrió. Hasta se indicó en esa historia, que la misma estaba gobernada  por un "Rey Blanco", y convivían como si no sucediera nada, los europeos conquistadores con los aborígenes conquistados.  Lo de "Rey Blanco", al parecer, surgió en esa ferviente imaginación, por estar su cuerpo bañado en plata. 

Las versiones de la Leyenda

Existen cuatro versiones de la leyenda de la "Ciudad de los Césares", que a la postre, terminaron por fusionarse en una sola, ubicando a esa supuesta ciudad, en algún lugar de Argentina o Chile. Inclusive fue novelada. En concreto, nos ubicaremos a las que aluden a esta zona de Córdoba y está fundada en datos probables, claro, pero de la expedición, no de la ciudad imaginada que habría existido, con personas rodeadas de riquezas.

Existe otra versión, que sitúa a la supuesta ciudad en la Patagonia, ya que otros conquistadores, hicieron lo propio: conquistar. Se trataba de un español llamado Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Palencia, quien organizó una expedición que dejó al mando de su hermano, Francisco de Camargo, que luego delegó a su vez en Francisco de Ribera. Llegó al estrecho Magallanes en 1540 y una tempestad deshizo la flota, hundiendo una de las naves con 150 hombres, de los que no se volvió a saber. No tardaron en circular rumores sobre náufragos recogidos por los patagones y llevados a la "suntuosa" Trapalanda

Eso sí, las versiones sobre esa mítica ciudad, algunas de ellas, aludiendo a una fabulosa urbe en donde todo brillaba, por los metales preciosos y que estaba organizada como cualquiera de las metrópolis de la actualidad, señalaban que estaba habitada "por gente rubia", como si eso hiciera alguna diferencia. ¡Por favor, que no fueran aborígenes ni gente de tez oscura! Tenían que ser rubios, de tez clara, y provenientes, por supuesto, del continente europeo. 

En realidad, si se observa esa historia y lugares de América, que quedaron en ruinas, por el avance de los conquistadores, se caerá en la cuenta de que ciudades como esas existieron, con una organización social, estructuradas en lo urbanístico, perfectamente diseñadas, pero... habitadas y fundadas no por los españoles ni por ningún otro visitante de Europa, sino por los pueblos originarios. Lo que hicieron los primeros, fue encontrarlas, masacrar a sus pobladores y llevarse todo el oro y la plata que pudieron, además de otras riquezas. 

La primera versión

Lo de la Ciudad de los Césares, y ese relato casi "épico" ("casi", obvio), fue reflejado por un tal Ruy Díaz de Guzmán, considerado como uno de los conquistadores nacidos en América del Sur, más específicamente en Asunción, Paraguay. Es considerado, además, el primer mestizo de ascendencia hispano-guaraní en registrar la historia de la región del Plata. Y allí comienza, el "me dijo que le dijeron", porque Guzmán,  dijo haberla escuchado de Gonzalo Saénz Garzon, quien dijo haberla oído del propio capitán Francisco César, en Lima.

La versión de Díaz de Guzmán, fue reconstruida ya en el siglo 20 por un escritor español, que estuvo por aquí, Ciro Bayo y Segurola, nacido en Madrid, falleciendo en la misma ciudad española en 1939, pero viajando en su vida por el mundo, inclusive ejerciendo de maestro en la Argentina. Según el mismo, y otros escritores, César llegó no al Champaquí solamente, ni tampoco solamente a San Luis, sino a la misma cordillera de los Andes. 

Allí, según "La leyenda de los Césares, su origen y evolución" - Ricardo E. Latcham (1929).,  César habría encontrado una provincia rica y fértil, con ganado, metales preciosos y mucha gente. La misma estaba al mando de un cacique, sobre el que se dice, había recibido "gentilmente" a César, y a su despedida, le habría entregado regalos

Siempre, según esta versión, César con sus hombres retornó al fuerte fundado por Gaboto, o sea que pasaron por esta zona, no en una, sino ¡en dos oportunidades! El pasaje era de ida y vuelta, descubriendo aún más de lo que ya estaba descubierto por sus habitantes.

Al llegar, habrían encontrando el fuerte destruido por aborígenes, que cuando querían avanzar sobre los mismos, no habrían sido tan gentiles como el cacique del que se dice, lo despidió con "regalos" a César. El capitán, entonces, habría emprendido viaje hacia el Perú, en donde Francisco Pizarro, estaba presto para hacer de las suyas, como otros, o sea arrasar con todo, especialmente con la vida de quienes habitaban esas tierras. 

Siete años, se indica, siempre según esa versión, duró el viaje de César y tras el mismo, sus hombres habrían sido bautizados como "Los Césares" y la expedición como la "Conquista de los Césares", que por su extensión,  se indica, podría haber abarcado sitios tan lejanos como el sudoeste de la región pampeana o la Patagonia.

La segunda versión

Otra versión de la leyenda, y será la última claro, porque existieron posteriores, corresponde a José Toribio Medina, quien era abogado, historiador e investigador chileno, en el siglo 20. En su trabajo, disiente con lo expresado por el tal Díaz de Guzmán. Indica que Francisco César habría partido de Sancti Spiritu en el mes de noviembre de 1528, acompañado, como está señalado, por otros 14 hombres, divididos en tres columnas.

Una se dirigiría hacia donde habitaban los querandíes, otra hacia donde estaban los curacuraes y la última por el río Curacuraz (Carcarañá). César y siete más, supuestamente los hombres que componían su propia columna, regresaron al fuerte español en febrero de 1529, con lo cual el viaje hacia el interior del territorio habría durado no más de dos meses y medio. Se indica que "dijeron haber visto grandes riquezas de oro, plata y piedras preciosas", desconociéndose la suerte de los demás hombres o si había sobrevivientes. 

No presentaron ninguna prueba, o sea ni el oro, ni la plata, ni las piedras preciosas que señalaban. Lo único que ofrecieron fue su relato. Y entonces, lo que descubrieron, que ya había sido descubierto por sus habitantes, y que no era Trapalanda, ni Lin Lin, ni otro lugar, sino un cerro, el más elevado de Córdoba. Algunos les creyeron, sin dudar de dicho relato. 

Según esta versión y el tiempo de duración del periplo de César y sus hombres (dos meses y medio), por lo menos suena imposible que hubieran llegado a la cordillera de los Andes y lo más probable, es que efectivamente hubieran arribado sólo hasta el Champaquí.

Se dice, también, que César, cuando llegó a la cima del Champaquí, era un día brumoso, por lo que no se podía visualizar ni el valle de San Javier, ni los valles puntanos. Imaginativo como era, supuso que se trataba de un océano o un mar, decidiendo emprender el retorno, silbando bajito, siguiendo el mismo río por el que había llegado con sus soldados. 

Toribio Medina, indica que Sancti Spiritu habría sido atacado por los aborígenes en septiembre de 1529 y en octubre César se habría embarcado junto a Gaboto rumbo a España. "Mejor nos vamos", al parecer dijeron ambos europeos y se marcharon. Eran conquistadores, pero no eran tontos. Y los aborígenes, tampoco lo eran.

Más allá de las versiones posteriores, lo más seguro es que aquel capitán español a las órdenes de Gaboto, con sus hombres, hayan sido los primeros europeos que, en la conquista, llegaron a dicha zona del actual país. Todo indica que fue así. Son dos leyendas: una, claro, aludiendo a "la Sierra de la Plata", y otra, a la "Ciudad de los Césares". 

Por la zona del Tercer Río

Todo indica que efectivamente pasaron por la zona del Tercer Río, y desde la misma se conformó la leyenda, que sirvió, en Europa, para sustentar la idea de seguir conquistando, arrasando todo, en busca de oro y plata, que encontraron, aunque no en la región por la que emprendieron el periplo. No obstante por dicho río, el tercero de Córdoba, surgió todo. 

Y en ese afán de descubrir lo descubierto, anduvieron rebautizando sitios que seguramente tenían nombres, como los ríos cordobeses. Imaginación, en ese sentido, al parecer no tenían demasiada quienes les sucedieron, al menos con dichos torrentes. Les colocaron números ordinales: Primero, Segundo, Tercero, Cuarto, y Quinto. En los ochenta, se les devolvió por una ley los de Suquía, Xanaes, Ctalamochita, Conchancharava, y  Popopis.

Una leyenda de los descubridores sobre sitios que ya habían sido descubiertos por sus habitantes. 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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