Otro 1 de Mayo y una realidad aún vigente: el trabajo es salud, siempre que sea un trabajo digno

Análisis 01/05/2021 Por Fabián Menichetti
En un 1 de Mayo, cuando el mundo atraviesa un contexto especial, las y los trabajadores conmemoran su día. El trabajo es salud, siempre que este dignifique a cada persona, permitiendo que viva y no que sobreviva.
Mafalda Trabajo

Hay escritos que nunca pierden actualidad. Se publicó en este sitio de noticias, hace tres años, cuando faltaba muy poco para el día del Trabajador, de los Trabajadores, o del Trabajo. Fue publicado el año pasado. Y también en esta oportunidad. No pierde vigencia. 

Corría 2018, cuando se escribió por primera ocasión y el muchacho, de no más de 30 años, estaba sentado junto a la periodista en un banco, ubicado en el medio de la panadería. La cronista llevaba en sus manos una factura de servicios. 

Transcurrían los primeros meses de aquel año. Restaba muy poco para mayo. 

No se percibía una diferencia entre el muchacho y quienes estaban atendiendo. Seguramente cuando terminara de ser entrevistado, se levantaría y correría a trabajar con quienes atendían a los clientes.

Hablaba de los servicios, del aumento que había experimentado la energía, y de lo que esperaba con el gas. Sucedía en La Plata. Sí, allí también había aumentado la energía y el gas natural que, además, se preveía, llegaría con otro incremento, como finalmente sucedió.

Fue la época de los "tarifazos". Muchos recuerdan ese momento, cuando se habían dolarizado las tarifas de los servicios. Otros, al parecer, olvidaron esa historia reciente.

No visualizan la película completa. Es como si la historia económica del país hubiera comenzado ayer. Como si llegáramos al ahora desde una situación, como nación, sólida, y no de un desquicio, con un país totalmente endeudado, y golpeado, además, por la pandemia. 

El muchacho consideraba entonces, que esa cifra, la de la factura de energía, la del gas, que en marzo de aquel año había llegado con aumento, y que en breve llegaría con otro, como si no fuera suficiente, eran costos muy elevados. 

Esos, para ese emprendedor y comerciante, además de los insumos, eran los costos. No consideraba como un "costo" a los salarios de quienes estaban atendiendo a los clientes. 

La periodista le preguntaba cómo haría para sostener el negocio. El joven respondía: "Aguantar hasta dónde se pueda". La cronista insistía: "Tendrá que achicar otros gastos". El muchacho expresaba: "Sí, seguramente, pero lo último que tocaré será a los trabajadores de esta panadería, porque detrás de ellos hay sueños, hay historias, hay familias". Y reforzaba: "Con ellos nos juntamos, nos vemos a diario, no son números".

"El Estado debe estar para cuidarnos a nosotros; a quienes generamos trabajo, más del 80 por ciento de las Pymes en el país, y a los trabajadores, que deben ganar lo que corresponde, porque ellos también compran, son clientes, ¿se comprende? Si les va mal a ellos me val a mí; y si me va mal a mí, les va mal a ellos", concluía.

Terminaba la entrevista. El joven se levantaba. La cámara mostraba como continuaban atendiendo. Y junto a sus compañeros, que eran empleados de la firma, el muchacho trabajaba con ellos, sin ser empleado de la firma. 

Eran y son trabajadores.

Transcurrían los primeros meses de 2018. Restaba muy poco para mayo. Puede, ahora, a tres años de aquella entrevista, que ese comercio se haya mantenido, o lo que es peor, que haya cerrado sus puertas, con la pérdida de las fuentes laborales.

Y si lo hizo, que se mantuvo, con la pandemia del coronavirus, seguramente entró en crisis nuevamente, aunque, sin dudas, considerando el pensamiento de aquel muchacho, lo último que haría, sería tocar a los trabajadores.

En aquel momento, no existía una pandemia generada por un virus, sino por un esquema que golpeaba, especialmente con los servicios y sus incrementos, a las pequeñas y medianas empresas. Y lo hacía, además, a las y los trabajadores de ese Estado, del que aquel muchacho reclamaba más presencia. 

En aquel año, por caso, en organismos estatales, eran cesanteados más trabajadoras y trabajadores. Por entonces, el Estado era nuevamente demonizado. El modelo de mercado no lo concebía como importante, ni tampoco a la articulación del mismo con lo privado.

Hoy, lo que estaba solicitando aquel muchacho, más Estado, y su intervención en un contexto económico y social sin precedentes, por el motivo en que se generó y no solo en el país, sino en el mundo, es acompañado por pequeñas y medianas empresas, por quienes trabajan autogestionados o en relación de dependencia. 

La teoría del darwinismo social, que insisten en proponer panelistas de ocasión, defensores y voceros de quienes en aquel momento ganaron fortunas y que ahora no pierden demasiado, y en algunos casos en el contexto de la pandemia ganaron aún más, solamente sostenido por algunos pintorescos mandatarios del planeta que se aferraban al mismo, parecía desmoronarse, por lo menos en el sentido común. En la práctica, no fue así.

Lo citaba en 2020, el director de Le Monde Diplomatique en Español, Ignacio Ramonet, reproducido por Página 12: "Esta crisis -explicaba Noam Chomsky- es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado. Y un ejemplo también de la realidad de la amenaza de una catástrofe medioambiental. El asalto neoliberal ha dejado a los hospitales desprovistos de recursos. Las camas de los hospitales fueron suprimidas en nombre de la ‘eficiencia económica’… El Gobierno estadounidense y las multinacionales farmacéuticas sabían, desde hace años, que existía una gran probabilidad de que se produjese una pandemia. Pero, como prepararse para ello no era bueno para los negocios, no se hizo nada".

Y proseguía Ramonet: Por su parte, el filósofo francés Edgar Morin constataba: "Al fin y al cabo, el sacrificio de los más frágiles -ancianos, enfermos- es funcional a una lógica de la selección natural. Como ocurre en el mundo del mercado, el que no aguanta la competencia es destinado a perecer. Crear una sociedad auténticamente humana significa oponerse a toda costa a ese darwinismo social".

Nada es más importante que la vida. Y en esa existencia de los seres humanos, claro, lo es también la economía, y cuando está en riesgo, allí debe estar el Estado, asistiendo a quienes lo conformamos, trabajadores en actividad, dependientes, independientes, informales, jubilados, a las niñas y niños, incluyendo, no excluyendo, observando a las personas como personas, y no como números, como lo ha hecho el mercado, en ocasiones, con la complicidad del Estado, manejado por quienes beneficiaron al poder real y no al pueblo que es el Estado. 

Tal vez este contexto complejo, por un virus que nos ha golpeado, y en donde se solicita más presencia del Estado, para asistir a lo privado, cambie lo que hasta ayer parecía, para millones, una verdad revelada, que mutó, como un virus, a una mentira reiterada y evidente.

Cuando llegaron las ansiadas vacunas, se evidenció nuevamente la lógica del mercado globalizado, en un mundo totalmente desigual. Los países centrales acapararon la totalidad de las mismas, mientras en la mayoría, se accedió a algunas como se pudo, y en otros ni siquiera llegaron. La lógica del mercado, del darwinismo social, también con la salud.

A 20 años de otra entrevista

Hace 20 años, un diario de Córdoba, le solicitaba una nota a quien escribe. En una población de la zona se había instalado una pequeña empresa que elaboraba bidones plásticos. Se había vivido una de las crisis más fuertes del país. La pequeña industria generaba trabajo para cuatro personas.

La nota sería sobre eso, que aunque poco, era algo: cuatro familias del pueblo tenían un ingreso mensual.

La entrevista era con un joven, propietario de la firma. En la nota hablaría sobre el emprendimiento. Luego, comenzaría a narrar otra historia, que terminaría siendo la columna vertebral de la misma, no los bidones.

"¿De dónde son ustedes?", interrogaba quien escribe. El muchacho respondía que habían llegado de Buenos Aires: "Teníamos una fábrica de juguetes fundada por mi padre". Recordaba la marca de los mismos. Eran conocidos, muy conocidos. Autitos de colección para los niños y una muñeca con las que jugaban las niñas.

Proseguía: "En los '90, mi padre, que había fundado esa empresa, cerró el portón llorando. El mercado se había inundado de juguetes importados, no se podía competir. No lloraba porque cerraba esa pequeña fábrica , sino, especialmente, por las 30 familias que perdían su trabajo. Los indemnizó, claro, vendió lo que tenía para hacerlo, pero lloraba porque tenía que decirles que no iba más la cosa".

El periodista no preguntaba. No era necesario. El muchacho relataba la historia de su familia e imaginaba la de las otras familias, que habían dependido de la fábrica. "¿Sabés cuál es el problema?", preguntaba. "Esos trabajadores, no sé si después tuvieron para comprarles un juguete de los importados a sus hijos", concluía.

Quienes perdieron su trabajo, su padre y él, eran trabajadores.

Los bidones, que se elaboraban en la pequeña industria, estaban vacíos, listos para ser vendidos, pero en su interior acumulaban una historia, o muchas historias.

Imágenes que duelen

Hace algunos años, quien escribe entrevistaba a uno de los 24 trabajadores despedidos de Atanor. Uno de ellos, acababa de conocer, por un papel pegado en la portería, que era uno de los cesanteados.

En el medio de la entrevista, se quebraba y preguntaba: "¿Qué hago yo ahora, con 50 años, adónde voy a trabajar, cuándo precisamente lo que falta es el trabajo y cierran empresas todos los días?"

Quien lo entrevistaba no tenía la respuesta. Contaba con el mismo interrogante.

Antes de finalizar el año 2017, en las Fábricas Militares de Río Tercero, Villa María, Jachal, Azul (cuya industria estatal sería cerrada luego), Fray Luis Beltrán, no era necesario escuchar a nadie. 

Las imágenes eran elocuentes, y hablaban por sí solas. Quienes desarrollaban tareas en las Fábricas Militares de esas ciudades, se abrazaban, llorando desconsoladamente.

Eran trabajadores y trabajadoras bajo la modalidad contractual. Acababan de conocer que habían sido despedidos, que no se les renovaría su contrato. 

No gozarían de su salario, que le permitía sostener a sus familias, y peor aún: no recibirían indemnización. El Estado había decidido prescindir de los mismos.

La imagen se reiteró, en agosto de 2018, en una situación demasiado traumática, social y económicamente. Las cesantías se reiteraron, al cierre del año. 

Ellos también son trabajadoras y trabajadores.

Millones de historias

Estas, como infinidad de historias, pueden narrarse de a miles en el país. Muchos y muchas sostenían que debían adaptarse a los nuevos tiempos, y que cada uno debía "cuidar de su trabajo". No se colocaban en la piel de quien perdía su fuente laboral. La empatía con el otro y la otra, nuevamente bien, muchas gracias.

Era más sencillo opinar en las redes sociales.

"Cuidar el trabajo", era un eufemismo para señalar: "Hacer lo que sea y por el salario que sea; es necesario el esfuerzo". Eso es lo que se conoce como "precarización laboral". 

Claro que el esfuerzo siempre será de los mismos. 

Sobre quienes debieron cerrar sus emprendimientos, por los costos y por no poder competir con lo importado, despidiendo a quienes conocían de una vida, no faltaban aquellos y aquellas que sostenían que "no habían sabido adaptarse" a aquel nuevo escenario, como si hubiera sido tan simple. 

Era más sencillo opinar en las redes sociales.

Sobre quienes fueron despedidos y despedidas del Estado, no faltaron quienes los calificaron de "ñoquis" o "vagos". Ni siquiera se aturdieron, empatizaron, aunque más no sea por una cuestión de humanidad, con las imágenes citadas previamente: las de personas llorando por haber perdido su fuente laboral.

Un país no es una empresa. En una empresa, se corre un número, y ya está. En un Estado, se corre un número, y son millones de personas las que se quedan afuera.

El italiano Umberto Eco decía que la estadística es la ciencia según la cual, cuando un hombre come dos pollos y otro no come ninguno, dos hombres comieron un pollo cada uno. 

En épocas en donde se hablaba de la "grieta", tal vez no era la de opiniones e ideologías, la más preocupante, sino la grieta social, esa que marcaba la inequidad en la distribución de las riquezas. 

Cada vez más pollos, continuando con la frase de Eco, eran comidos por menos personas, mientras la mayoría no podía acceder ni siquiera a la pata muslo.

Era más sencillo opinar en las redes sociales.

Cada 1 de mayo, es especial, por diferentes motivos: por celebrar el tener trabajo, por esperarlo y por reclamar una mejora en la calidad del mismo. 

Cada 1 de mayo, debe ser una fecha de reflexión, hoy más que nunca en la Argentina, cuando se perdieron miles y miles de fuentes de empleo y se cerraron miles de Pequeñas y Medianas Empresas (Pymes), que son la mayor fuente generadora de trabajo en el país, además del Estado, que debe estar, no desaparecer como actor regulador de la economía.

El rey Mercado, hizo de las suyas, generando un estado de situación que para muchas familias se tornó insostenible, y hoy más que nunca, para quienes tienen y aún más para quienes no tienen trabajo. No es que el Mercado no debe existir, pero debe estar regulado el Estado.

El trabajo es salud...

Existe una remota frase que indica: "El trabajo es salud". Pero en miles de casos, eso no se cumple. El trabajo es salud, o será salud, si cualquier trabajador, en relación de dependencia, cuentapropista, emprendedor, a partir de su trabajo puede disfrutar de una mejor calidad y un mejor nivel de vida.

Ni siquiera se trata del consumismo que impera en el mundo de hoy, o el de ayer, sino de poder acceder a lo básico, para vivir dignamente. Hoy, por las circunstancias, en millones de casos, sólo se solicita eso. 

El trabajo, no observado cuantitativamente, sino cualitativamente, es salud, no solo física, sino mental y espiritualmente, cuando este ofrece un buen ingreso, el acceso a la educación y la salud (que debe garantizar además el Estado) y sí, también el derecho al descanso.

El trabajo, además, genera más trabajo. Las miles de empresas que poseen a personas desarrollando tareas en las mismas, no solamente tienen a trabajadores ejecutando labores, sino potenciales clientes que comprarán sus productos (los que elaboran, si son industrias) y los que venden (si son comercios).

Si se pierde un puesto laboral, se pierde un potencial comprador o compradora de productos o servicios.

Y si los salarios de los mismos, son adecuados, comprarán aún más. Eso se llama potenciar el "consumo interno".

El contexto laboral en la Argentina, sea para trabajadores dependientes, independientes, emprendedores y estatales, se presenta en la actualidad demasiado complicado. En realidad, superó el concepto de "complicado". 

Los propios indicadores del INDEC ya lo venían mostrando el año pasado. Lo hacen también ahora. No lo hacía solamente el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) hace unos tres años, el que fue atacado por los escribas del poder, solo por señalar la verdad, en su momento, y que ahora se alarman con los datos del INDEC.

A pesar de todo...

A pesar de ello, y por ello, no se puede eludir celebrar o conmemorar, el día de los trabajadores y trabajadoras, para quienes poseen un empleo, para los autogestionados, los emprendedores, y para quienes esperan por un trabajo, porque este contexto demasiado complejo también pasará. Así será. Como todo, pasará.

Sería interesante, además, cambiar la eterna frase de "en este país, no trabaja el que no quiere", por "en este país no trabaja el que no puede, y si trabaja como puede, en la mayoría de los casos, le cuesta llegar a fin de mes".

Ojalá que este momento que vive el país y el mundo, cuando pase, sea de utilidad para que el trabajo, no solo sea un trabajo, sino que otorgue la dignidad que se merece cualquier persona por trabajar.

Hasta no hace mucho, millones de personas, por lo menos en nuestro país, y en otros vecinos, adoptados como modelos de un modelo para el nuestro, si tenían un trabajo, apenas sobrevivían, pero a pesar de ello, irónicamente, en muchos de los casos, apoyaban a ese modelo que las colocaba en dicha situación.

El trabajo dignifica, claro, pero esa dignidad surge de una tarea que le otorgue como retribución a quien la desarrolla lo mínimo e indispensable para vivir, no para sobrevivir.

Si eso no se cumple, no es trabajo, sino trabajo disfrazado de la nueva esclavitud del siglo 21, de alguien o de algo, o del propio sistema imperante, que también esclaviza.

Por allí, fue más sencillo opinar en las redes sociales.

Claro, hasta que quienes opinaban en las redes sociales, terminaban por ser los esclavizados o esclavizadas.

El 1 de Mayo de 2020 y también el de 2021, serán, sin dudas, recordados como aquellos en donde las y los trabajadores o trabajadoras, lo celebraron y conmemoraron con un gran signo de interrogación e incertidumbre con respecto al futuro.

Es que hoy, tal vez más que nunca, el devenir es difuso e impredecible. Sin embargo, lo que pueda llegar tal vez no sea tan apocalíptico como se anuncia, sino el inicio de una nueva etapa en donde las personas sean consideradas personas y no números que se pueden eliminar en una planilla de cálculo, pulsando la tecla "suprimir" de una computadora.

A pesar de lo que está sucediendo, un Feliz Día para los Trabajadores. Ojalá que en 2022, después de dos años de escribir casi el mismo texto, pueda celebrarse en otro contexto.

Se lo merecen. Nos lo merecemos.

Imagen de portada: Mafalda de Quino

 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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