El virus del odio sigue enfermando a millones de personas

Análisis 06 de agosto de 2022 Por Fabián Menichetti
Estamos viviendo la post pandemia por el Covid-19, pero hay otro virus, el del odio, tanto o más contagioso que el que nos sorprendió en el siglo 21.
Dedo acusador
El odio, el virus para que el no que no hay vacunas

Esta columna se había escrito en 2020 y se reiteró en 2021 en este sitio. La pandemia por el Covid-19, estaba haciendo estragos en el mundo. También en el país. En medio de la catástrofe sanitaria que sufría la humanidad, se potenciaban las expresiones de odio. No eran nuevas, pero se exponían mucho más.

Llegaron las vacunas. La mayoría de los especialistas coinciden actualmente: si no hubiera sido por las mismas, la tragedia por la pandemia continuaría y hubiera sido mucho peor. Lo aclaraban y lo hacen: no evitan el contagio, con las nuevas variantes, pero sí el tránsito grave, la internación y la muerte por el Covid.

Hoy, se indica, que con la mayoría de la población inmunizada, atravesamos una etapa casi de post pandemia. La misma no se marchó del todo, pero se retomaron actividades y se pudo ingresar a una "nueva normalidad". Al Covid, que tanto daño hizo en millones de familias, se le sumaron la intolerancia y el odio. Estaban. Ahora se potenciaron.

Si algunos o algunas suponíamos en aquel que parece ya demasiado lejano principios de 2020 que eso que vivimos cambiaría a la humanidad para mejor, la respuesta es que se trató de una ilusión pasajera. 

Fue aquel momento cuando por el aislamiento llegó la virtualidad; cuando extrañábamos los abrazos. De esa esperanza de ser mejores como especie, se pasó a la desazón de conocer que nada era mejor, sino que poco se había aprendido de la tragedia. Llegaron los abrazos, pero nada cambió. Todo empeoró. Triste, pero es así.

Un virus o una bacteria, una idea...

Las muestras, no de bronca, pero sí de odio, que es muy diferente, se expresaron y lo hacen en las redes sociales, en las calles y en muchos lugares. Ya lo hacían antes. Ahora se potenciaron. Se multiplicaron.  

En la película El Origen, Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) es un ladrón con una extraña habilidad para entrar a los sueños de la gente y robarles los secretos de sus subconscientes.

Su habilidad lo ha vuelto muy popular en el mundo del espionaje corporativo, pero tuvo un gran costo en la gente que ama. Tiene la oportunidad de redimirse cuando recibe una tarea imposible: plantar una idea en la mente de una persona. Si tiene éxito, será el crimen perfecto, pero un enemigo se anticipa a sus movimientos.

Esa es la sinópsis de dicha película que es del género de ciencia ficción, claro, pero existe una frase del protagonista (Cobb), que bien puede resumir lo que sucede en el país y también en el mundo. "¿Cuál es el parásito más resistente?, ¿una bacteria?, ¿un virus?", se pregunta. Y responde: "Una idea; es resistente y contagiosa; cuando una idea se instala en el cerebro, es prácticamente imposible erradicarla". 

Desde hace tiempo, sin dudas, se ha trabajado, instalando ese virus. Fue antes de la pandemia, durante la misma y continúa actualmente. Lo han hecho los voceros del poder real que anida entre las sombras: sembrar una idea, la idea del odio, a través de ciertos medios o las redes sociales. 

Hace décadas, utilizaban otros métodos. Hoy usan un conjunto de mensajes, fake news, titulares informativos, que poco o nada tienen que ver con la estructura de las noticias que encabezan, en ocasiones, tergiversadas, por los amanuenses y voceros mediáticos, para crear lo que se denomina "sentido común". Ese "sentido común" para millones, parece radicar en odiar, en ser intolerantes, en no escuchar.

Formadores y formadoras de opinión en los mass medias, también hicieron su trabajo, en ese sentido, aunque intenten redimirse ahora rechazando, hipócritamente, la violencia y el odio que ayudaron a generar. Y es más, colocándose hasta en el papel de víctimas. 

Siembran una idea, y esa idea permanece como una "verdad absoluta" para quienes creen de manera absoluta en quienes se la proporcionan. El cielo podrá estar despejado, pero si en algún canal de televisión, en alguna radio, en un diario o portal digital, le indican que está nublado, por más que observen el cielo sin nubes, sostendrán que existen esas nubes, porque así se lo dijeron, que esas nubes están, aunque no las observen. 

Quienes son traficantes del odio en sociedades y en un mundo que de hecho muestra sus heridas, tienen nombres y apellidos, en la mayoría de las ocasiones, famosas y famosos, algunas y algunos, ejerciendo el "periodismo" (eso dicen); otras y otros, cumpliendo otro papel mediático, pero siempre actuando de manera uniforme, transmiten una idea, la del odio, contagiosa. ¿Ejemplos? Sobran. Son demasiados. La lista en el país, puede ser extensa. 

Se ha llegado a tal extremo, que quienes odian, más allá de que se les explique, con fundamentos, que no es así, como se lo señalaron, no escucharán, solo reiterarán lo que escucharon o leyeron, elevarán la voz, atacarán a quién sostenga lo contrario y, en ocasiones, le desearán las siete plagas a quien ose contradecirlos o contradecirlas.

La bronca, algo diferente

Es normal sentir bronca por algo. Se dice que es una forma de desembarazarnos rápidamente de cierto malestar. El odio, es otra cosa. Es el sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia otra persona, más o menos conocida, que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia.

Lo segundo impera: están quienes les desean el mal a otra persona, no importa a quien sea. Eso es lo que pretenden, aunque no lo expresen abiertamente. Caminan por la vida, además, sosteniendo sus banderas de verdades absolutas que no lo son tanto. No está mal no saber. No es un pecado. El problema es no saber, pero creer que se sabe porque alguien lo dijo en un medio o las redes. La manipulación de la opinión pública genera odio. 

Son minorías, pero las más bulliciosas. Una gran parte de la sociedad -hay que señalarlo- no es así, pero el ruido de esas minorías que odian, capilariza en el resto de la población.

Los metamensajes que se emiten, elaborados con intereses específicos, no están dirigidos a quienes ya han sido coptados o coptadas por la intolerancia y el odio. El objetivo es el resto de una sociedad mundial herida. La historia indica como en otras épocas, esa manipulación en sociedades heridas, provocaron tragedias terribles. Acaso, ¿es necesario recordarlas?

Un metamensaje es algo que se expresa, se transmite, dentro de un mensaje pero de manera indirecta, en este caso apelando a las emociones de quien lo recibe. Lo estudiaron y prepararon, antes y después de la pandemia. Algunas y algunos ni siquiera lo hicieron así. Escudándose en la libertad de expresión, no tuvieron límites éticos ante una cámara o un micrófono, convertidos en armas, no en instrumentos para comunicar responsablemente.

Y odian. No se cansan de odiar. 

Odian porque le indicaron, aunque no directamente, que debían odiar. 

Es odio inoculado, pacientemente. 

Es odio de clases, paradójico, porque terminan por odiar a los de su misma clase, aunque supongan pertenecer a otra, a la que son funcionales y a la que nunca les permitirán pertenecer. Actúan en contra de sus propios intereses, pero no caen en la cuenta de ello.

Hay otro virus, que afectó y está afectando a una parte de la sociedad.

Es el odio. 

No hay ninguna vacuna, por ahora, para el mismo.

Lamentablemente. 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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