A un año y pocos días de que todo comenzó a cambiar también en la Argentina

Opinión 21/03/2021 Por Fabián Menichetti
Pasó un año de que la pandemia cambió la vida de millones de personas y familias también en la Argentina. Un año, que pareció una eternidad.
Barbijo 1

El anuncio había sido en la noche previa: comenzaba a regir en el país el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, por sus siglas, luego reducido en los medios al "ASPO". Desde aquel 20 de marzo de 2020, nadie que no fuera "personal esencial" podría salir a la calle, si no era para comprar en los "comercios de cercanías". Todo comenzaba a restringirse.

Las imágenes que llegaban de Europa eran aterradoras. Allí, hospitales y clínicas, no podían atender semejante demanda de quienes concurrían a buscar asistencia, y el personal de salud debía elegir a quien atender, a quien colocarle un respirador en las salas de cuidados intensivos. Los mejores sistemas de salud del planeta estaban colapsados.

Este coronavirus, conocido como Covid-19, surgido, según las primeras noticias internacionales, en un mercado de animales, a finales de 2019 en China, estaba haciendo estragos. Era un virus nuevo, desconocido para los especialistas. La OMS declaraba que era pandémico. La enfermedad atacaba especialmente a las personas mayores, a quienes tenían enfermedades preexistentes y por ello se encontraban en situación de riesgo. 

Días antes de aquel 20 de marzo, las imágenes de Europa, y también de países como los Estados Unidos, asustaban. Las autoridades, ante el desborde sanitario, en muchas de las naciones europeas, decretaban "cuarentenas obligatorias". Nadie podía salir a las calles. El día 3 de marzo de 2020 se conocía en Argentina de la primera persona contagiada, alguien que había llegado en avión desde el viejo continente, y lo había hecho con la enfermedad.

El gobierno que había asumido en diciembre, asesorado por un comité de especialistas, adoptaba la decisión, en acuerdo con las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El anuncio era realizado por el presidente, acompañado por mandatarios provinciales y el jefe de gobierno de la capital del país. La denominado "grieta" ya no era "grieta", por lo menos, en ese momento, aunque no tardaría en retornar. Era y es casi como el virus. 

Sí, fue un viernes 20 de marzo de 2020, aunque el anuncio sería en la noche previa. La normalidad dejaba de serlo y la rutina cambiaba. En las comunidades medianas o pequeñas, no sería tan complejo. La posibilidad de un patio, con algo de verde aún, por lo menos, menguaba el impacto del aislamiento. En las ciudades grandes, sería todo más complicado.

"La Chacabuco en Córdoba, desierta, y las personas asomadas por los balcones y ventanas de los edificios mirando hacia afuera. Era una imagen de ciencia ficción, como la de esas películas casi apocalípticas. Pero era real, no era una película", recuerda una estudiante. 

Comenzaban a producirse detenciones de quienes violaban las medidas del aislamiento. Se les iniciaba una causa judicial por hacerlo. Las clases en los diferentes niveles educativos se dictaban de manera virtual. Impensado. Miles de personas en Europa concurrían a las grandes superficies para abastecerse de que lo que pudieran. En un efecto espejo, sucedía en la Argentina. Había ocurrido en los días previos a que se decretara el ASPO. 

Aquel viernes ni siquiera anticipaba lo que llegaría. El anuncio había sido que nadie podía salir de su casa, y si lo hacía debía ser por extrema necesidad, debiendo justificarlo. Los contagios comenzaban a crecer en el país, el temor a lo desconocido estaba en la mayoría, pero ya se comenzaba a hablar de "conspiraciones". Las redes sociales explotaban.

En ese tiempo, comienzo de la pandemia, se planteaba la dicotomía "vida o economía". Ciertos gobiernos optarían por lo segundo, esto es no limitar la circulación para que no se cayera la actividad. Sin embargo, los contagios se masificarían, como las muertes, y las economías, con o sin aislamiento, se desplomarían no sólo en los países con cuarentenas.

Un ejemplo de no escuchar las recomendaciones, sería el del Reino Unido. Su primer ministro dejaba todo en libertad, minimizaba al virus, y aguardaba la "inmunidad de rebaño", que el 70 por ciento de la población se enfermara. El costo de esa apuesta, demasiado elevado y trágico: las personas más vulnerables fallecían. Terminaba contagiado y con riesgo de vida. Se salvaría y colocaría reversa, pidiendo a la sociedad cuidarse.

En los Estados Unidos, su presidente, Donald Trump, se encasillaría en no decretar ninguna medida de aislamiento. Ese país asistiría a un desastre sanitario. Las imágenes de fosas comunes aún están en las retinas, en donde sepultaban a quienes habían fallecido por complicaciones originadas por el virus. Y su economía también se desplomaría. Una tapa de The New York Times, al alcanzar las primeras 100 mil muertes, seguramente quedará en los manuales de periodismo futuros: sus nombres, una síntesis de sus historias y vidas.

En América del Sur, lo mismo sucedería en Brasil. Su presidente, Jair Bolsonaro, emulando al mandatario del norte, no sólo que minimizaría el impacto del virus, sino que propiciaría los contagios masivos. Una "gripezinha"", decía. Las imágenes de fosas comunes, como en Estados Unidos. Su economía se desplomaría. Los contagios y muertes crecerían. 

Un año después, Estados Unidos, con una campaña de vacunación masiva, es el país que más muertes tiene desde el inicio de la pandemia. Brasil, que es calificado como una "bomba epidemiológica", tiene a su sistema sanitario colapsado, intentando conseguir vacunas, y el mismo presidente, sin moverse de su desquicio discursivo. Hasta el 20 de marzo, una de cada cuatro muertes en el mundo por Covid-19, correspondió a dicho país. 

En Argentina, mientras regía el ASPO, al parecer sin discusiones, por lo menos en la mayoría de los sectores, entonces, se trataba de reforzar al sistema de salud mixto, público y privado: vuelos en la búsqueda de insumos, la construcción de hospitales modulares, producción las 24 horas de respiradores. Todo para afrontar lo que llegaría con los meses.

Ocurría, también en esos ciclotímicos cambios de ánimo sociales, algo llamativo: al personal de salud, en el comienzo de todo, a las 21, la gente salía en donde estuviera para brindarle un aplauso. Rápidamente se pasaría al otro extremo: ya no se los aplaudiría o, en casos, se los estigmatizaría, por miedo a que llevaran el virus. Sí, eso también sucedería. 

Luego de casi dos meses, en la Argentina, comenzaban a distenderse algunas medidas restrictivas: se podía salir a caminar, con barbijos colocados; comenzaban a autorizarse ciertas disciplinas deportivas, primero individuales, luego en reducidos grupos, y se permitían las reuniones familiares sólo los fines de semana, o sólo los domingos.

Por otra parte, se flexibilizaban actividades con protocolos. No sólo había que cuidarse, sino también trabajar para vivir. El impacto de la pandemia, no sólo era en la salud.

Mientras tanto, la ciencia trataba de encontrar paliativos para enfrentar a la enfermedad: tratamientos y el desarrollo de vacunas. Los científicos argentinos, a pesar de la baja inversión sufrida en el área de los últimos años, mostraban logros importantes: el suero de recuperados, el denominado "suero equino", el desarrollo de test, entre otros.

La naturaleza por su parte, castigada por el ser humano, demostraba que su poder de recuperación podía ser más rápido de lo pensado. Además de los animales salvajes que recorrían sectores urbanos, las aguas de Venecia en Italia, se aclaraban y mostraban vida. 

También, mientras todo eso sucedía, quienes consideraban que se trataba de una conspiración mundial, oponiéndose a las medidas preventivas, salían a manifestarse en diferentes lugares. No solo ocurría en el país. Se indicaba (aún están, obvio, quienes lo hacen), que lo que estaba sucediendo tendía solamente a coartar libertades individuales.

En una de esas convocatorias, en un canal de noticias un hombre mayor era el que reclamaba por ello. Unos días después se conocía que esa persona había resultado contagiada de Covid-19 y fallecido. Las manifestaciones eran heterogéneas: los denominados "libertarios", sectores de la oposición, y quienes denunciaban conspiraciones.

Nunca se comprendió, o no quiso comprenderse, que la libertad es un bien individual, pero también colectivo: puedo ser libre de salir a contagiarme, pero no de contagiar a otros. 

Frente al Patio Olmos en Córdoba, luego de una marcha se desarrollaba una especie de fiesta electrónica, sin barbijos, sin distanciamiento. A esa hora, a no muchos kilómetros, en el Hospital de Jesús María, moría por la Covid-19 un enfermero. En la CABA, los denominados "anticuarentena" quemaban barbijos. Enfermeras/os, en la capital del país, en tanto, reclamaban ser considerados personal de salud por el gobierno de esa ciudad. 

A una enfermera, un policía le rompía la frente de un cachiporrazo. Puede que esa mujer haya asistido luego a ese policía y a quienes quemaban barbijos contagiados de Covid. 

Surgieron, por supuesto, los sectores más duros de la oposición llamando a las medidas adoptadas "infectadura", haciendo una analogía con una "dictadura". Muchos/as comunicadores/as, acompañaron ese discurso. Existieron medios que lo alentaron. Sin hacerlo explícito, subrepticiamente y con paciencia, crearon en la opinión pública la idea de salir y no respetar las medidas sanitarias. Miles y miles se contagiaron por ese discurso.

Un presentador de noticias celebraba, en cámara y con su puño apretado, cuando le informaban que los contagios y fallecimientos ascendían. Colocado en evidencia, expuesto con ese gesto, argumentaría que era por el rating. Evidente, nefasto y repulsivo.

Muchas y muchos comunicadores, que alentaban la ruptura de los cuidados sugeridos por especialistas, no sólo en el país, sino en el mundo, que propiciaron la suba de contagios, terminaron con Covid y en algunos casos fallecieron. Doloroso, pero más doloroso fue observar lo que habían provocado: millones de personas que los escucharon, leyeron, miraron, creyeron, y que por ello terminaron por contagiarse. Muchas fallecieron.

Como si eso no fuera suficiente, un grupo de médicos y médicas, que decían (aún lo dicen) tener la Verdad, apuntando a una conspiración internacional, minimizaban lo que sucedía: que no era tan grave y llamaban a romper las medidas sanitarias en videos viralizados. Otro médico, que había llorado en una entrevista por el personal de salud que estaba falleciendo, señalaría luego: "Esa 'verdad' se termina cuando se llenan las terapias intensivas".

Muchas personas les creyeron. Les creen. Continúan adhiriendo a las teorías conspirativas. Aún después de un año. Aún después de millones de contagios y millones de muertes. Aún después de imágenes como la de los países europeos, con pasillos en la primera ola en los centros de salud, atestados de pacientes aguardando por ser atendidos. Aún después de médicos llorando porque debían elegir entre quienes vivían y quienes morían. Aún después de observar lo que ocurre ahora, un año después, en Brasil. Una imagen como aquellas.

Es real que las conspiraciones existen. Nadie lo niega, pero el mundo es redondo y está comprobado desde hace tiempo. Y en este mundo que es redondo, no plano, el virus existe. Pudo haber salido de un mercado de animales en China, también de un laboratorio, emergido de un repollo o extraído desde la parte inferior de una baldosa. Lo cierto es que está ocasionando un desastre en vidas, con secuelas en el mundo. No sólo sanitarias.

Desde el 20 de marzo de 2020, pasaron cuando se escribe esta columna, 366 días. Sí, es real, parecen una eternidad. En esos 366 días, muchas y muchos, conocieron a alguien que la pasó realmente mal luego de resultar con un contagio de este nuevo coronavirus, que nos tomó por sorpresa. Puede que la mayoría conozca a alguien que falleció por las complicaciones generadas por la Covid-19, o que la pasó también mal por este virus.  

Las estadísticas, los números, suelen ser frías y fríos, cuando aluden a personas, porque estamos hablando de seres humanos, de sentimientos, de sueños, de historias de vidas que ya no están. Aclarado ello, son contundentes, al momento de colocar en duda lo que se dice que no existe, pero existe, aunque se niegue y aunque también se reniegue de ello.

El pico del contagio en CABA y el Gran Buenos Aires se trasladaría al resto del país. En octubre de 2020, sólo por citar una ciudad mediana del interior, como Río Tercero, se producía la mayor cantidad de contagios y fallecimientos. La tasa de mortalidad, por diferentes causas, casi se duplicaba comparada con los dos años precedentes. En los meses de octubre de 2018 y 2019, respectivamente, según los datos oficiales del Registro Civil Municipal, habían sido 35 fallecimientos. En octubre de 2020, se registraban 69 decesos.

Aclaración, por si acaso: tasa de mortalidad no es lo mismo que tasa de letalidad. La primera se toma por los fallecimientos, debido a distintas causas, en un número de habitantes de una comunidad. La segunda, es el porcentaje de fallecimientos por una enfermedad puntual. Se indica que es alrededor del dos por ciento con este virus pandémico en el país. "Es baja", se suele señalar, como si eso minimizara el impacto del mismo en la humanidad.

Millones de personas murieron en el mundo, porque no pudieron superar la enfermedad o no fueron atendidas debido a sistemas de salud que eclosionaron por su alta contagiosidad. Para quien perdió a un ser querido por la pandemia, como lo señaló un médico, no es un dos por ciento, es un ciento por ciento, que es todo, claro. Que se lo expliquen a esas personas.

No sólo eran y son frías estadísticas. Quienes fallecieron, hasta este escrito, eran 84 personas sólo en una ciudad mediana del interior del interior, superaban las 54 mil en el país, y ya eran millones en el mundo, debido a la Covid-19. Eran y son, además, familias que perdieron a un ser querido. Un poco de empatía con las mismas. Un poco, por lo menos.

La grieta, que en el comienzo de la pandemia en el país, parecía estar superada, emergía nuevamente. Lo del comienzo había sido sólo una ilusión. Algo pasajero. Todo vuelve. La intolerancia y el odio también, lamentablemente. Se conocían más contagios, más fallecimientos y ya se hablaba de vacunas. Estaban en desarrollo y en fase de ensayos.

"Las vacunas son un negocio", aseguran quienes no creen, creen a medias o creen que el virus existe o existió por una conspiración. ¡Vaya novedad qué la industria de los laboratorios es un negocio! Nadie lo niega. Pero, como está señalado, no se puede negar la presencia de un virus, por lo expresado previamente. Y si hay tres cosas que descubrió la ciencia para que se viva más, son: las vacunas, los antibióticos y el agua potable. 

Muchas de las personas que integran los grupos "antivacunas", seguramente no se enfermaron de poliomielitis, tuberculosis y otras patologías, en su momento epidémicas, por las vacunas. Y por supuesto, surgió o resurgió en este tiempo, este año diferente, otro virus: el odio. Se inoculó con otra vacuna que no previene, sino que lo contagia a través de los medios y redes. En realidad el mismo no se había marchado, pero resurgió con fuerza.

Y hubo una campaña, no en contra de todas las vacunas, pero sí de una en especial. Se apuntó a la Sputnik V, la primera desarrollada contra el Covid-19, anunciada en agosto, y la primera que compró la Argentina. La misma fue elaborada por el Centro Gamaleya de Moscú, Rusia. Dudaron de la misma, vaya a conocer por qué razón, aunque es claro que el motivo fue ideológico y también político. Todo viene bien en el juego perverso. Obvio.

Dicho centro de la ciencia rusa, por el que pasaron varios Nobeles, además de ser creado por Gamaleya, discípulo nada menos que de Louis Pasteur, fue el único que creó una vacuna contra el Ébola y el Mers, uno de los coronavirus, conocido como el del "Medio Oriente".

Una diputada de la oposición por Córdoba, ni siquiera de manera irónica, sino con una chabacanería que puede quedar en los anales de la cámara baja, en un cruce con el presidente del recinto, disparó que no se conocía "qué mierda" le estaban inoculando a las personas. Otra dirigente imaginó y presentó una conspiración entre el Gobierno y Vladimir Putin. No sólo eso. Presentó una denuncia penal por "envenenamiento". La publicación en The Lancet, revista científica, con los resultados de la misma, eran condición indispensable.

No se consideró que integrantes de la ANMAT, organismo reconocido en el mundo por su excelencia, la había recomendado al Ministerio de Salud, luego de viajar a Rusia. Aún así continuó la campaña. Ese discurso fue impulsado por la mayoría de los medios masivos. Lo concreto, es que los eventos relacionados con la aplicación de la Sputnik V, fueron mínimos, comparados por ejemplo, con una de un laboratorio estadounidense. Cada fake news (falsa noticia), sobre los supuestos efectos adversos, fue demolido por el sitio Chequeado.com.

A nadie le surgió en el brazo la imagen de Lenin, como a nadie, vacunado con otra desarrollada por China, la segunda adquirida por Argentina, se le dibujó la imagen de Mao Zedong. Tampoco sucedió nada con la de Oxford-Astrazéneca, bajo el nombre de Covi Shield, que llegó al país, y algunos por estar producida en la India, la observaron con desconfianza, sin conocer que ese país tiene la fábrica de vacunas más grande del mundo.

Cuando por la escasez de vacunas en el mundo, comenzó a demorarse el arribo de la Sputnik V, ya con sus resultados publicados en The Lancet, quienes la calificaban de "veneno", cuestionaron que el "veneno" se demorara en llegar. Hasta la señora de los almuerzos, que le teme al "zurdaje", dijo que elegía esa vacuna. En 1989 se cayó el Muro de Berlín. El comunismo con el bloque soviético, quedó allá lejos ya, hace mucho tiempo.

Hubo personas que prefirieron aguardar a esa publicación y en ese lapso se contagiaron. El caso más conocido fue el de una médica en Buenos Aires, con el turno para la primera tanda, pero decidió aguardar el segundo, hasta el aval de la revista científica. Se contagió y falleció. El reconocido biólogo argentino, que trabaja en los Estados Unidos, Ernesto Restnik, publicó un tuit dirigido a quienes habían impulsado la campaña anti Sputnik V, pidiendo que se hicieran cargo los gestores de la misma. Lo atacaron por Twitter.

Hasta lo hizo el conductor Horacio Cabak, palabra autorizada, sin dudas. Científicos del mundo se solidarizaron con Restnik. Los denominados "trolls", como el virus, siguen bien activos. No hay vacuna que los detenga. Se reproducen y son dañinos como el Sars Cov 2.

Antes de ello, se desató el escándalo por el "Vacunatorio Vip", una inmoralidad, sin dudas. Se conoció que en el Ministerio de Salud de la Nación se ofrecían vacunas, como si se tratara de caramelos a "amigos", no sólo del Gobierno. Lo reveló, no inocentemente, el periodista Horacio Verbitsky, uno de los beneficiados. Ginés Gonzáles García fue despedido de esa cartera. En el país del Viejo Vizcacha, hubo adelantados en la fila.

Por el mismo tiempo, se conocía que el gobierno de la CABA, distribuía las vacunas, compradas por el Estado Nacional, que paga toda la sociedad, a prepagas y a ciertas obras sociales. Quienes fueran parte de las mismas, podían acceder a estas, sin mucha espera. El tema fue convenientemente silenciado por los medios, la mayoría, con una pauta publicitaria generosa de la administración de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

El presidente Alberto Fernández, con el error de cálculo que tienen las comunicaciones oficiales, se arriesgó a anunciar cantidad y fechas para la llegada de vacunas, que no se cumplieron. Quienes, y no hay que ser un experto en materia política, desde un sector de la oposición, esperaban que las vacunas no llegaran como se había previsto, por lo bajo celebraron. Lo negarán, por supuesto, como lo harán ciertas comunicadoras/es. Pero sólo bastó, en un año, haber seguido como operaron, un sector y ciertos medios. 

"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio", escribió Antonio Machado, y la verdad en esto, aunque parezca una locura, es triste, sin remedio y a la espera de más vacunas. Quienes hicieron los posible para que los contagios y fallecimientos crecieran, cuestionaron luego que eso estuviera sucediendo en el país. Quienes calificaron a la vacuna de "veneno", ahora reclaman porque se demora la llegada de ese "veneno".

La economía, en medio de la pandemia, se desplomó. No fueron suficientes las ayudas estatales. y lo peor de todo, nada parece indicar, ante la inminente "segunda ola", que esa ayuda, ante eventuales restricciones pueda incrementarse. De hecho ya el Gobierno anticipó que el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), poco, pero algo, no retornará. Por otra parte, desde la oposición cuestionan por la situación económica, sin reparar que el país no viene de una economía como la de naciones nórdicas, sino de un desastre monumental.

El Gobierno, por otra parte, que asegura que el Estado debe estar presente, debería estar aún más presente. Sin dudas. Un sector de la oposición que reclama más presencia del Estado, protesta cuando el Estado interviene. En el medio de la pandemia, se produjeron otros sucesos que fueron noticia, pero enumerarlos sería extenso. La historia continuó.

Desde aquel 20 de marzo de 2020, los abrazos comenzaron a terminarse. Y los besos se tradujeron a golpearse los codos. Puede, seguramente, que en algún momento finalmente retornen. Habrá que esperar un poco más. Y si somos empáticos/as, con quienes pueden sufrir por resultar contagiados/as, cuidarse más que nunca. Ahora. Y después también.

Una publicidad televisiva refleja una imagen con el efecto de una vacuna, ese bien escaso aún en el mundo, y claro, hay que mencionarlo, carente de equidad en su distribución: un abuelo llorando, ya protegido con la misma, que puede abrazar por fin a su pequeño nieto.

Las vacunas seguramente llegarán, y en algún momento todo esto será un triste pasaje de la historia, que no deberá olvidarse: la pandemia y sus efectos. No sólo lo que generó por las restricciones, que afectaron al conjunto de la sociedad, sino, especialmente, por quienes fallecieron y fallecen. Sus familias merecen que esto no se olvide, cuando termine. 

Cuando comenzó 2021, quien realiza las viñetas para este sitio, "Fechu", en ocasiones humorísticas, en otras reflexivas, publicó una que tal vez resuma lo que pueda suceder.

Una persona le dice a otra: "Che, si el 2020 comenzó sin pandemia y terminó con pandemia, puede que este 2021 que comienza con pandemia, termine sin pandemia".

Ojalá que así sea.

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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