De ver un sólo canal por aire en Río Tercero a ver el mundo por Internet

Informes 27/01/2021 Por Fabián Menichetti
Hace algunos días "Costa, la contadora", cuyos relatos son famosos en el país, aludió a sus visitas cuando llegaba para ver a su abuelo en Río Tercero, quien tenía un acrílico como filtro para visualizar con la ilusión del color la televisión. De ello, se desprende lo que era aquello, cuando un sólo canal se veía en la ciudad, y dos de Córdoba, con suerte podían visualizarse.
Televisor Internet

Pasaron cuatro décadas al hoy. Recientemente, "Costa, la contadora", cuyos relatos tienen una amplia difusión en el país, aludió a las visitas que efectuaba con su familia a la casa de su abuelo en el barrio Monte Grande de Río Tercero. Allí se refiere a un filtro de acrílico azul que tenía en el televisor, para crear la "ilusión del color". Esa era la función que cumplía.

Lo de las cuatro décadas no suena caprichoso. Es que ese lapso que en la vida de una persona es importante, en la historia de la humanidad es apenas un suspiro efímero del tiempo. Sólo eso. Quienes superamos los 40, 50 años y más, no podemos dejar de recordar solamente aquellos filtros, esa pantalla de acrílico, sino mucho más que eso. 

Por entonces, en la década de los setenta, por ejemplo, la televisión en color sonaba aún como una utopía. Eso comenzó a suceder en los ochenta, y más aún, en la mitad de esa década. Y obvio, no en todas las casas. Tal lo citado, "la tele" era en blanco y negro, mientras que a fines de los setenta, inicio de los ochenta, la recepción era también por aire. 

Antes de llegar a los canales que se podían visualizar, por lo menos en Río Tercero, es interesante repasar como eran los aparatos de televisión por entonces. No existía el control remoto. Por supuesto que no. El televisor tenía una pantalla convexa y junto a la misma, una perilla circular, más grande que las otras, utilizada para elegir los canales. El "zapping" de hoy. Dicha perilla se giraba y tenía sólo 13 señales para optar, aunque era suficiente.

En los setenta, una década con la de los ochenta, en la que Río Tercero experimentó un importante crecimiento, un informe de la Revista Gente la denominaba "ciudad erizo". ¿Por qué? Por la gran cantidad de antenas que se elevaban sobre los techos de las viviendas. Era como si en la actualidad, tuviera la mayor cantidad de celulares o computadoras por habitante. Ese era el objetivo de aquel informe: destacar el crecimiento de la ciudad, que en la misma no existía desocupación, mostrando, además, que la comunidad era casi una "isla".

Un canal bien, los otros, más o menos

La cantidad y altura de las antenas, no era casual. Con las mismas se podían receptar los canales de Córdoba. Y aquello sucedía antes de la llegada de la televisión por suscripción, servicio más conocido como "por cable". El canal que mejor recepción tenía era "el 12" de la capital, pero no directamente. La señal llegaba a través de una antena repetidora, ubicada en las Cumbres de Achala, esto es en las Sierras Grandes. Y esa perilla grande, no debía ubicarse precisamente en el número "12", sino en el "6", la repetidora en las altas cumbres.

Seguramente en la memoria de quienes vivieron aquella época, al momento de la identificación de la emisora, resuena la voz del locutor Ismael Toledo, cuando además de citar "Transmite LV 81 Canal 12(...)", agregaba las repetidoras, entre ellas, el mencionado, o sea "Canal 6". Así era conocido. Era, sin dudas, el que mejor se veía en la ciudad y zona.

Existían otros dos canales, el 10 de los SRT y el 8. Para ver ambos, estaban quienes habían incorporado en el cable que conectaba a la antena con el televisor, un amplificador de señal. El mismo, si mal no recuerda quien escribe, se conocía como "Boosters" o "buster", un aparatito mágico que permitía captar con mayor nitidez ambos canales cordobeses. Suena extraño esto hoy, ¿verdad?, cuando presionando la pantalla de un celular, podemos ver lo que deseamos, pero así era entonces, y apenas pasaron unos 40 años de aquello.

Como lo señaló un lector de este sitio, en la nota sobre el relato de "Costa, la contadora", no pocas personas solían reunirse en una casa que contaba con el aparatito mágico para ver un encuentro de fútbol, un combate de boxeo, un carrera de la Fórmula 1, y también, claro está, las famosas telenovelas y las series de la época, que eran muchas, por cierto.  

Era un sólo canal el que se apreciaba, y en algunas casas, tres, como está indicado, gracias al amplificador de señal. En el resto, se apreciaba uno, "bien, como un espejo", y los otros dos, con suerte, "con lluvia". Había que adivinar en ocasiones las figuras de los personajes que aparecían en la pantalla. Claro que no todos lo hogares tenían un aparato de televisor, aunque la vecina, el vecino, algún familiar, invitaban para ver, reunidos, un evento deportivo, como está señalado, las famosas telenovelas, alguna película o una serie.

En ocasiones, un evento deportivo, por ejemplo, era la excusa perfecta para la reunión familiar, algún domingo al mediodía, almuerzo compartido mediante, la previa, la comida, y "la tele", que por lo que durara el acontecimiento en cuestión, ocupaba el centro de la escena. Luego, llegaban los comentarios y hasta los debates sobre lo observado.

Las series, en blanco y negro

Disculpen quienes leen lo autorreferencial de este informe, pero es inevitable no hacerlo. Quien es el autor de este texto, que era muy chico, recuerda aún los noticieros del mediodía, en los canales cordobeses y los que reproducían los mismos de Buenos Aires.

También es inevitable no rememorar las series made in USA, del lejano oeste, y para quienes habitábamos estas pampas, bien lejano, como la recordada Bonanza. También "El Gran Chaparral" (con la actriz argentina Linda Cristal, "Victoria"), en donde el tío Buck (Cameron Mitchell) era el que lo llevaba por los malos caminos a Manolito, el hermano de Victoria, que le prodigaba varios dolores de cabeza a su cuñado, John Cannon. También estaba el temible cacique Apache Cochise. Siempre los malos eran los aborígenes, ¿no? 

Sobre las series importadas de entonces, en blanco y negro, se podría escribir un libro, sin dudas. Eran muchas. Y varias, ambientadas en el siempre lejano oeste, para ellos en los Estados Unidos, y más lejano para nosotros: El Hombre del Rifle; Valle de Pasiones; Jim West, una especie de agente que recorría el viejo oeste en tren, solucionando todo con ingeniosos métodos, anticipándose a lo que vendría. Y por supuesto, quedan muchas.

Estaban aquellas series de ciencia ficción como Los Invasores. "Los invasores, seres extraños de un planeta que se extingue. Destino: la Tierra. Propósito: adueñarse de ella. El arquitecto David Vincent los ha visto. Para él, todo empezó una noche en un camino solitario, cuando buscaba un atajo que nunca encontró (...)", comenzaba, con Vincent, observando una potente luz. Sólo un detalle los diferenciaba del resto de los humanos a estos invasores: una rigidez característica del dedo meñique que les impedía doblarlo.

Y las policiales, como Las calles de San Francisco, con el teniente Stone, el más grande, y un joven Michael Douglas, su compañero. Es interminable enumerar, lo mencionado, aquellas series, como El Agente de Cipol, en donde su protagonista era Napoleón Solo, aunque siempre estaba acompañado por Illya Kuryakin; y El Santo, Simon Templa, con Roger Moore, actor que se puso en la piel de uno de los tantos James Bond 007 del cine.

Se encontraba el espacio para los personajes llevados de la historieta del papel a la televisión, como era el caso de un Superman, no muy estilizado, que se arrojaba desde una ventana para volar, aunque quienes lo observábamos, estábamos convencidos, y seguramente en lo cierto, que pasando la misma había un colchón aguardándolo. La serie era antiquísima, pero la veíamos como si fuera de la actualidad de entonces, como Batman y Robin, que cuando luchaban con los malvados, las onomatopeyas que se reflejaban en la pantalla, como un "Pufff", "Pumm", "Chammm", "Zaap", etcétera, eran una particularidad.

Sin dudas que en aquellas pantallas de los televisores de hace cuatro décadas, nada más, los más chicos, y también grandes, nos entreteníamos y se entrenían con los capítulos de El Zorro. Databan de 1950. Era Diego de la Vega, aquel enmascarado que le hacía la vida imposible a un sargento simpático, que hasta el propio personaje, era evidente, lo quería por su bonanza. Era el Sargento García, una especie de anti héroe, querido como El Zorro.

Lo que no conocíamos era que el actor que hacía del enmascarado, conocido artísticamente como Guy Williams, se llamaba en realidad Armando Joseph Catalano, nacido en Nueva York. Tampoco conocíamos que ya residía y trabajaba mayormente en Argentina, sí, aquí, en donde se lo consideraba un ídolo popular. Sería en 1973, cuando arribaría al país por primera ocasión, causando un verdadero revuelo. Repasando su historia hoy, se indica que tal era lo que había generado el personaje en Argentina, que muchos de los niños nacidos por entonces, fueron anotados con el nombre de Diego, precisamente por el personaje.

Llegaría en otras oportunidades, hasta que decidiría radicarse aquí. Cultivaría un bajo perfil. Se recuerda que esporádicamente salía alguna nota en Radiolandia, en donde se afirmaba que "El Zorro vivía en Buenos Aires". Williams invertiría en propiedades y alternaría su tiempo tomando café y caminando por las calles de la capital del país, viajando ocasionalmente a Los Ángeles. Finalmente, con 65 años, fallecería en la Argentina, en 1989.

De las series de aquel momento, nadie puede olvidarse del Súper Agente 86. Era un agente del "recontraespionaje" que debía luchar contra un tal Caos y que trabajaba para un tal "Control". Don Adams, era el actor. Maxwell Smart, siempre estaba acompañado por la agente 99. ¿Quién, de pequeño, no jugó a hablar por teléfono, cuyos aparatos fijos no eran comunes en los hogares, a través de un zapato, como 86, con "el zapatófono"?

No perdían vigencia Los Tres Chiflados y era furor "El Chavo del 8", creación de Roberto Gómez Bolaño. Lo que no conocíamos tampoco, era que el Chavo, en sus juegos con el Quico, citaba por allí a un arquero riotercerense, ídolo del Cruz Azul: el "Gato" Miguel Marín. Se había marchado muy joven, finalizando su carrera deportiva en México, en donde fallecería en los noventa. Sí, sin dudas, se coincide, la vida es un pañuelo ¿no?

Los dibujos animados también eran parte del menú de opciones con el que contábamos, en apenas uno, y con suerte, tres canales. Y en blanco y negro. Meteoro, ese joven que corría en su automóvil, creado por los japoneses, era muy seguido. Los Autos Locos, era otro, con el perro Patán y  Pierre Nodoyuna; El Correcaminos, con los inventos del Coyote, marca Acme, ¿quién no imaginó que finalmente en alguna oportunidad sería atrapado el Correcaminos por el Coyote? Don Gato y su Pandilla; Tom y Jerry; el Gato Silvestre...

De la producción nacional, estaban los entrañables personajes de Manuel García Ferré. Hijitus, por supuesto, era la serie que los reunía a todos, como el entrañable Larguirucho, "Hablá más fuerte que no te escucho", el que siempre soñaba con un "sanguchito de osobuco"; el Profesor Neurus, con su asistente "Pucho", siempre intentando terminar con los poderes que le permitían a Hijitus, salir de aquel "sombreritus mágico" volando, convirtiéndose en "Súper Hijitus". Aquellos personajes eran muchos para el deleite infantil.

Aquellos clásicos

Los más grandes esperaban por La Tuerca, primero, y también por Hiperhumor, años más tarde, cuando ya sí comenzaban a llegar los televisores en color de verdad, sin filtros, a los hogares, con un elenco de uruguayos que se destacaban en la televisión argentina.

Y la familia, toda, pero toda, esperaba la hora de las telenovelas, aquellas creadas por Alberto Migré, que se convertirían en éxitos y clásicos, no sólo en el país, como "Rolando Rivas Taxista", con una joven Soledad Silveyra y Claudio García Satur. Decían que las mismas "era cosa de mujeres", algo relativo, porque ¡vamos que las veían toda la familia!

Había programas de entretenimientos, y otros, que se aguardaban con expectativa. Era imposible no asustarse con "El hombre que volvió de la muerte", serie de Narciso Ibáñez Menta; o los sábados por la noche, con "Viaje a lo Inesperado", programa en donde se presentaban películas de terror o de "susto", como las calificaba un amigo, propuestas por el propio Ibáñez Menta y luego por Nathan Pinzón. Y se esperaba a las 22, de lunes a viernes, en canal 12, "El Mundo del Espectáculo", ciclo de películas conducido por Adrián Ratti. 

No sólo azul y el paso del tiempo

Lo del filtro acrílico citado, azul, que se colocaba frente a la pantalla del televisor, era, como está señalado, para crear la ilusión del color, que se haría esperar. Se adquirían en las casas de electrodomésticos. Pero no solamente era el azul, el más popular, sino que luego llegarían de otras tonalidades, como el verde o amarillo. No sólo eso. Esa necesidad del color en la pantalla parecía no tener límites: hubo hasta de tres colores reunidos.

Ha pasado el tiempo, apenas 40 años. Sí, apenas cuatro décadas, y demasiado cambió. Sin embargo, hoy, si bien la gran mayoría tiene acceso a las nuevas tecnologías, como los celulares, un sector a plataformas de stremmeng para visualizar series o películas y a Youtube, hay familias que no cuentan con la conectividad para hacerlo, una deuda social también pendiente, no sólo por el esparcimiento sino para acceder a contenidos.

En cuatro décadas, demasiado cambió. Y si bien, hoy la humanidad está más comunicada que nunca, irónicamente, en ocasiones, pareciera que menos se entendiera. No es que se reniegue de los avances. En absoluto. No es que se exprese que una época fue mejor que otra, pero sí que se trata de épocas completamente distintas. Y todo eso, en apenas cuatro décadas. ¿Nos imaginamos, acaso, como será todo, no en 40, sino en 20 años, nada más?

Hoy las redes sociales están de moda. Ya las videocaseteras tuvieron su momento, tanto, increíblemente como el reproductor de CD, para ver películas. Fueron furor en los noventa y a principios de este siglo, incluso hasta no hace mucho, apenas un lustro, una década. No más que eso. No hay antenas elevadas que se desprendan de los techos, y menos aún un sólo canal, o tres con suerte, si tenías el famoso "buster" o como se haya llamado.

La pantalla del televisor no necesita ningún acrílico para generar la ilusión del color en este presente. Los aparatos de hoy ya llegan como computadoras y a las series de este momento, una o dos generaciones ya las observan en la pantalla de un celular. Y todo eso, se reitera, pasó en 40 años. Sí, todo ese cambio en apenas cuatro décadas.

De un sólo canal o tres con suerte, se pasó a lo infinito de la elección, lo que se desee ver y en el momento para verlo. La época del blanco y negro en "la tele", quedó allá lejos y hace tiempo, aunque como está citado en el comienzo, todo cambió en un suspiro del tiempo.

Y es inevitable, que recordando aquellas épocas,  a quien escribe, no se le piante un nostálgico lagrimón.

En blanco y negro.

Y también en color. 

 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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