Sobre aquel gol de Diego Maradona: "Coronados de gloria"

Cultura y Espectáculos 25/11/2020 Por * Por Sergio Colautti
"Coronados de Gloria", es un cuento escrito por el riotercerense, Sergio Colautti. Recordando aquel gol, aquella obra maestra del fútbol, en la magia que nos dejó Diego Armando Maradona.
Gol a los Ingleses

Sergio Colautti, escritor riotercerense, escribió "Coronados de Gloria", sobre aquel gol de Diego Maradona en el Mundial de México '86 frente a Inglaterra. Lo compartió con este sitio de noticias.

Coronados de gloria  

 Durante los ocho segundos del gol  a los ingleses; Maradona piensa, siente y dice.. 

           Primero bajarla, ponerla bajo la suela. Como si fuera la repetición inacabable de la primera vez que la bajé, en la canchita que estaba frente a casa, donde el viejo me dejaba toda la tarde esquivando rivales y meriendas. Bajarla mientras la vista recorre, en menos de un segundo, las posiciones de los propios y los ajenos, los desmarques y las corridas, los espacios que aparecen y desaparecen ofreciendo y negando posibilidades. Todo eso en menos de un segundo, mientras la estoy bajando y la redonda se queda, mansa como siempre, acariciando mi empeine para asentarse bajo los tapones, haciéndole cosquillas al césped del enorme estadio azteca. En menos de un segundo, pero ahora, que ya leí una jugada posible entre otras muchas que descarté, como un ajedrecista, la piso hacia mí, con la zurda, claro, y dos marcadores se confunden y quedan, en la mitad de la cancha, mirando para otro lado, mientras encaro el arco, por ahora lejano, pasando el ecuador que divide el campo. Tengo un segundo nuevo, quizás menos, para leer otra vez la jugada que crece en mi botín. Y pienso: si esto es gol, ganaremos. Y si ganamos, vamos a ser campeones. Y me digo: no puedo fallar. Y miro al inglés que viene a cruzarme. Y pienso: tal vez sea hermano, o pariente, o amigo, de algún otro inglés que anduvo en las islas, hace cuatro años, peleando contra nosotros, quizás contra alguno de los amigos míos de la villa, desolados en el frío absurdo de la guerra. 

          Pero vuelvo, ahora, a la pelota que mi empeine arrastra. El inglés que viene, muy recto, no podrá con mi amague, será tarde para volver sobre sus pasos y mi aceleración, mínima, lo dejará atrás, buscando ya al otro, más corpulento, que duda entre salir a mi encuentro o marcar a mi delantero; esa duda lo vencerá, porque yo voy a usarla en mi provecho, en un segundo, claro, porque no tengo más. No debo amagar, porque eso demoraría mi ingreso al área, debo mirar el pie de apoyo del defensor, como hago siempre, y en una milésima decidir hacia dónde salir, qué lugar me deja mejor parado para seguir, debo mirar después, en un golpe de vista como una ráfaga, al delantero corpulento y ruludo que espera mi pase; el defensor ya está eludido... igual que en la canchita despareja de la villa, usar al otro para el juego propio es un buen recurso, un engaño sagaz, una mentira piadosa, una invención. El rubio de rulos, compañero mío, habrá pensado ¿qué espera para largarla? Yo pienso en las charlas con el rubio, que leía todos los días de concentración, mientras nosotros jugábamos a las cartas. Y nos hablaba del “miedo escénico“, explicándonos que la presión de la cancha y la explosión de las tribunas achica a la mayoría de los jugadores, como pasa también en el teatro o en la ópera o en el balcón de la Rosada, pero algunos pocos, los verdaderamente grandes, decía, se agigantan ante la multitud sedienta de festejos negados en la vida ordinaria y cotidiana. A mí, la verdad, me gusta esa locura tribunera, esa ola donde todos son uno, pero son uno para la vida, no para la muerte, como en la guerra. Me gusta que exploten como un volcán cuando la pelota entra, como un orgasmo, dice el rubio, como la única manera de felicidad colectiva en la sociedad contemporánea, dice el rubio, también, con esas palabras rimbombantes que saca de tantas lecturas y de prestarle oídos a Serrat, a Aute, a Silvio Rodríguez, a Sabina, a todos esos que me hace escuchar en las largas noches aburridas del hotel, cuando yo miro nada y leo nada, dice él, que es cuando me callo, solo, y pienso en la villa, mi Fiorito, y me veo después, en la Ferrari paseando con el tapado de armiño blanco y me digo “qué boludos que son, si soy el mismo de las zapatillas rotas, qué quieren de mí, qué hago acá, no puedo con todos abajo, y tengo frío yo también, más frío que ustedes, boludos, otro frío”: el rubio me entiende, mientras pone a Sabina...

           Ahí anda el rubio, moviendo su cuerpazo y sus libros en el área, esperando el pase. Van cuatro segundos de jugada, desde que salí del lejano medio campo, cuando la bajé con una caricia y decidí enganchar por el andarivel del ocho, como decía mi viejo. No se la voy a dar, porque eso es lo que espera el líbero, desesperado, que me sale a buscar. Ahora tengo menos de un segundo para recoger la pelota con la cara interna del pie zurdo, traerla hacia mí, esquivar el guadañazo del inglés que no buscará mis piernas porque ya estoy en el área y, lo sé, sólo buscará la pelota sin tocarme, sin empujarme, para evitar el penal. El área parece ser el sitio de los defensores, pero es nuestra aliada secreta, allí nadie nos maltrata sin costos altos: el área es como nuestra hada madrina, nuestro dios protector de pobres contra la rudeza defensiva, el único sitio del mundo donde se celebra el triunfo de los que inventan contra los que destruyen, el territorio donde se castiga la violencia, donde el poder lo tienen, por un rato,  los débiles. Es el adentro del que me hablaba el Flaco. El espacio donde la maldad se pena. Al pisar la línea de ingreso al área, siento a la multitud que ruge, que se levanta, siento millones de argentinos que dejan sus sillas, sus sillones, siento que los poderosos y los pobres son uno: todos están, saliéndose de sus asientos, conteniendo el aire y el grito, la mirada fija en el televisor, el gesto ansioso. La inminencia del gol les dibuja en los rostros la gloria del deseo. Y yo los veo cuando entro al área, y gambeteo al último inglés para enfrentar al arquero, mi enemigo íntimo. Y pienso: no puedo fallar, no puedo hacer que todos se vuelvan a sentar como si nada. No puedo sucumbir ante el miedo escénico, no tengo más que un segundo, el último de los siete que calculé, para culminar mi obra. Extraña, misteriosamente, me siento solo. Irremediable y desesperadamente solo. Pero sé que es así, no valen compañías en esta altitud en la que me puso no sé quién. Abajo me miran millones, esperándome. Hace frío. Un frío enorme, inabarcable. ¿Quién mierda me puso aquí, solo, en este frío ingobernable que no termino de comprender nunca jamás? ¿Estará Dios detrás del frío? ¿O no estará nadie, o la nada, o una pelota blanca pero inalcanzable, sin dominio posible, sin gol y sin amores? ¿Quién está detrás del frío? En Nápoles sentí la misma intensidad del frío, con millones de tifosi enardecidos convirtiéndome en dios. Y no podía fallar; fallar era como morir. Pero cada vez que los millones, abajo, me levantaban por los aires entre ovaciones y delirios, me llegaba ese frío de sepulcro, esa inminencia de hielo y soledad absoluta. Nadie conoce eso. Y yo, que quiero ganar, que quiero darles esta alegría sin igual, que no puedo fallar, sé del frío. Y voy, sin saber, al frío. Como si fuera un destino, un llamado, un sino. Como si hubiesen inventado el frío o la gloria para mí... o como si la hubiese inventado yo... Y digo, mientras coloco de nuevo el empeine de arriba hacia abajo, acariciando la pelota y prometiéndole no mancharla jamás si me obedece, que no puedo fallar. No me permito fallar. 

          Cuando imagino la pelota adentro, me acuerdo de la última charla con el Flaco, que me dijo: “gracias por inventar el adentro“. Y me volvían, en el desorden sin tiempo que siempre es mi memoria, la caminata en la que el Flaco me explicó por qué me dejaba afuera del mundial en casa, y me dijo que tendría tres o cuatro mundiales más. Y fue cierto, pero yo me quedé con ganas de jugar ese: más de una vez me imagino, o sueño, festejando el título en el monumental. Después vino todo de golpe y vino el frío, pero ese sueño me persigue, obstinado... ¿quién tenía la diez en el setenta y ocho? ¿Marito era? ¿No parece que nadie la usó antes ni después? Si lo digo me critican, pero parece así... será porque inventé el adentro, como decía el Flaco cuando volvíamos, en el avión, con la copa del mundial juvenil que ganamos en Tokio: el mundo es el afuera, pibe, me decía, donde está la guerra, el poder, las villas como Fiorito y la Ferrari, pero vos naciste para inventar el adentro, donde todo se empareja y nadie mira la cara o el color del otro; el adentro, que diseñaron los pioneros en un tiempo sagrado y primero, termina convirtiéndose en una estética, en una manera de hacer, entender y sentir el fútbol: esos tipos, y ahora vos, me decía la voz oscura del Flaco, lograron convertir un mero deporte popular en un arte: la danza del talento colectivo. La estética que defendía el Flaco parecía cruzarse con otra mirada que me tocó aprender, la del Narigón, que postulaba una épica: la idea de la lucha por la gloria a la que la estética, en todo caso, debía subordinarse. Y me parece que supe hacer la síntesis que ellos soñaron sin decirlo: la devoción por el dibujo artístico y la pasión sudorosa de la gloria como una misma cosa.

         Cuando veo al arquero inglés que me sale tirándose al piso, recostando su cuerpo compacto sobre su izquierda, miro y pienso y decido en una milésima de segundo: no puedo picarla por arriba porque vengo demasiado rápido, no puedo buscar debajo de su cuerpo porque ya cubrió ese agujero creyendo que voy a intentar eso, no puedo patear fuerte porque su pecho me tapa todo el arco, no puedo dársela al rubio grandote porque está muy tapado por un inglés desesperado porque el mundial se le va como agua entre los dedos, no puedo más que gambetear con la zurda, en una baldosa, como decía mi viejo, y tendré que hacerlo a pesar del inmenso dolor que me provocó el pisotón del inmenso defensor último, cuando lo pasé, en el último segundo. Y ahí estoy, ya con el arco para mí, tras siete segundos eternos, inmortales, todo el arco para mí, como si fuera el premio mayor para mi corrida, para mi esfuerzo de toda la vida, porque esta corrida es como mi vida entera, sorteando obstáculos, contras, miserias, furias y violencias de todo tipo y color. Por eso nada es más feliz que el arco vacío, como una inmensidad, un cielo soñado mil veces en Fiorito, un cielo con una plaza llena de gente que dejó su silla o su sillón y llevó su esperanza para juntarla con otras esperanzas y ponerlas en mí, vestido de celeste y blanco. Coronados de gloria vivamos, dicen y saltan y repiten. O juremos con gloria morir. Dicen. Pero no saben cómo es la gloria de fría cuando es para uno solo cuando todos se van de la plaza y te quedás solo, en el silencio blanco de los solos. O cuando la pasás mal, o casi te morís, solo ante el hielo de la muerte que te busca, como una rata fría que huele tus sudores. Los que gritaban el himno no saben cómo es de fría la gloria que creyeron alcanzar cuando la metí, suavecita, en el fondo del arco vacío. Yo corro dejando el arco con la pelotita adentro, corro hacia el frío, lo sé, lo siento, mientras todos gritan y enloquecen conmigo, me congelo allá arriba, y pongo cara feliz, y les digo que todo es para ustedes, pero me muero de frío, no saben todos los que son millones cómo es el frío que alguien inventó para mí. Somos los campeones. Es linda la copa dorada y azteca. Parece un hielo de oro, un pedazo de tiempo eterno y congelado en la furia de la siesta mexicana que grita mi gol y mi corrida, los ingleses con los brazos caídos, los argentinos tocando el cielo con las manos. Pobres, no saben cómo es el frío ahí.

                                                                                * Sergio G. Colautti - Escritor riotercerense

 

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