Río Tercero y el recuerdo, 25 años después de aquella mañana, calurosa y ventosa

Ciudad 02/11/2020 Por Fabián Menichetti
Cada vecina y vecino, cada familia, tiene una historia para narrar sobre el 3 de noviembre de 1995, cuando atentaron contra la Fábrica Militar y contra una desprotegida comunidad, atacándola con proyectiles, cuando el país no se encontraba en guerra. Todas esas historias, individuales y familiares, confluyen en una sola: la de una ciudad en donde sus paisajes urbanos y humanos, ya no fueron los mismos.
Explosiones 25 años

Eran alrededor de las 9 de la mañana del 3 de noviembre de 1995. Era una mañana calurosa y ventosa. Estaban quienes reclamaban por la falta de lluvias; quienes aún intentaban salir de una noche agobiante y se preparaban para un día no menos agobiante. Las escuelas estaban, como sucedía siempre, en esa época, con el bullicio previo al fin del ciclo lectivo; quienes trabajaban, muchas y muchos esperaban por su salario, mientras otras y otros, que lo habían perdido en una época en donde las fábricas cerraban y el Estado como fuente de movilidad social y económica, era destrozado, se aferraban a una esperanza. 

Esa esperanza o desesperanza, se convertirían en desesperación y terror. Se iniciaba la mañana de aquel 3 de noviembre de 1995, como un día más del calendario, sólo uno más, ese que pasaría sin mucho para comentar. La rutina, en ocasiones agobiante, no era más que eso: la simple rutina diaria de una ciudad del interior del interior, que transitaba aquel tiempo extrañando épocas de prosperidad, perdidas en el tiempo, en su tiempo.

El modelo era achicar al Estado. La estatal Fábrica Militar, industria madre de la comunidad, había transformado a un pueblo en ciudad, y esa ciudad, otrora pujante, había dejado de serlo. El achique estatal había generado un efecto cascada: miles habían perdido su trabajo, y ese impacto, se traduciría en el resto de los sectores. Mientras muchas y muchos se transformaban en cuentapropistas, otras y otros, esperaban algo más, que no llegaría. 

Nadie, o casi nadie, imaginaba que en el interior de aquella fábrica, un modelo de la industria pesada en la Argentina, se estaba pergeñando uno de los peores crímenes de la historia nacional. No solamente se le había retaceado el presupuesto que necesitaba, sino que se la había utilizado para un negociado internacional, con complicidades de por aquí y con intereses de mucho más allá de las fronteras. Esa es la conclusión, con los años.

Así se iniciaba esa mañana del viernes, sí, un viernes 3 de noviembre de 1995. A las 9 de aquella jornada, una brutal explosión conmocionaba a esa mañana, a la ciudad y a sus habitantes. La rutina, habitual para esa época del año, era destruida. Y allí, muchas y muchos, incluido quien escribe, conocían sobre la importancia de la rutina.

La tranquilidad habitual de ciudad chica o pueblo grande, dejaba de serlo, y se transformaba en locura, y la locura se transformaba en desesperación, individual y colectiva. Absortos y absortas, miraban (mirábamos), como un enorme hongo de humo, entre marrón y gris, se elevaba. Nadie conocía muy bien que estaba sucediendo, aunque algunas y algunos lo intuían. "Debe haber sido algo en la fábrica", especulaba alguien. No estaba equivocado: había explotado la Planta de Carga de proyectiles. 

En aquella mañana del viernes, calurosa y ventosa, estaban quienes se abrazaban, intentando ampararse en el otro y en la otra; muchas y muchos enjugaban lágrimas; la mayoría se aferraba a una esperanza de que todo se detuviera allí; mientras miles abandonaban la ciudad, temiendo que las plantas químicas estallaran.

A las 9.15, fue la segunda detonación. A las 9.30, la tercera. Las más terribles. No sólo, fueron sus ondas expansivas, que se propagaron por kilómetros a la redonda, las que terminaron por derrumbar a las viviendas que más cerca estaban en los barrios más castigados, y que apenas se sostenían. Se trataba de los depósitos de expedición y suministros, galpones sin ninguna protección, que almacenaban a miles de proyectiles.

Estaban pegados a uno de los barrios, Las Violetas. Allí, en el tejido perimetral, entre el sector fabril, y el barrio, enormes eucaliptos se elevaban. Los mismos quedaban desnudos e impotentes ante semejante devastación. El sonido del ulular de las sirenas retumbaba en la ciudad; aviones y helicópteros sobrevolaban un cielo teñido de humo y de esquirlas, sí, de millones de pedazos de material candente que volaban sobre Río Tercero.

Los operarios de la industria, como podían, intentaban colocarse a salvo. En las escuelas más cercanas, chicas y chicos, con maestras, profesores y profesoras, comenzaban con la evacuación. Los automóviles llegaban a los establecimientos educativos, y se llenaban de desesperación, mientras salían de la ciudad, hacia un campo cercano, hacia una población vecina. Los rostros, lo señalaban todo: lágrimas, impotencia de no conocer, dolor...

Día, horas, nombres e historias

Con el paso de las horas se conocía de personas fallecidas. Pasarían más horas y hasta días para conocerse que Aldo Aguirre, de 25 años, cuando trabajaba en cercanías de la estación terminal de ómnibus, en la conservación de espacios verdes, lejos de escaparse, había acompañado a una mujer con dos criaturas a cruzar una de las calles; o que estaba ayudando, luego, a una joven que se había caído en su ciclomotor, con la segunda gran explosión. Un pedazo de metal acabaría con su vida. Aldo no conocería el cómo ni el porqué.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que Elena Rivas, en su casa de barrio Monte Grande, luego de la primera explosión, le señalaría a su esposo Manuel: "Voy a la casa de 'Pocho' para conocer como están". Manuel le dijo que no lo hiciera, pero tomó su bicicleta y se dirigió a la vivienda de ese familiar, en barrio El Libertador (Fábrica), uno de los más afectados. Nunca llegaría. Una esquirla la golpearía, quedando mal herida en una de las arterias cercanas al edificio de Tribunales. Fallecería luego en un hospital cordobés.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que Leonardo Solleveld, de 27 años, en su casa de barrio Cerino, le señalaría a su esposa Silvia que se quedara con los chicos, que iba a buscar un vehículo para sacarlos de ese infierno. No retornaría. Silvia, ante la demora, saldría de la vivienda y lo encontraría tendido en el piso, en una esquina, sin vida. Una esquirla había impedido que prosiguiera. Leonardo, nunca supo el cómo ni el porqué.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que Hoder Dalmasso, "El Rayo", luego de evacuar con otras y otros docentes a la Enet, se había dirigido rápidamente a su casa, para conocer como estaban sus dos hijas. En el camino, un ataque cardíaco terminaría con su vida. El estrés había sido demasiado. "Rayo", nunca conocería, o tal vez desde algún lugar sí lo haría, que su esposa, Ana "Coca" Gritti, sería la abogada que evitaría que la causa judicial se cerrara como un simple accidente. La Justicia, en 2014, le otorgaría la razón.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que Romina Torres, "La Romi", de 15 años, estudiante del Nacional José Hernández, con una compañera, correrían por barrio Escuela hacia la casa de la hermana de su amiga. Allí se abrazarían, intentando protegerse, pero una esquirla golpearía a Romi, quitándole la vida. No conocería, o tal vez sí, que su mamá y su papá, la buscarían, y que Miguel, en una de las clínicas de la ciudad, recibiría de uno de los médicos la noticia más terrible: su hija había fallecido en aquella mañana.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que Laura Muñoz, de 27 años, corría por las calles de barrio Escuela, con su mamá, abrazada con su hermano, Fabián, cuando una esquirla golpearía en su cuerpo. Fabián intentaría salvarla, detendría a un vehículo, la llevaría a una clínica, pero ya nada podía hacerse. Laura se convertiría en otra de las víctimas de aquella atrocidad que golpeó a la ciudad en aquella mañana de un viernes.

Pasarían más horas y hasta días, para conocerse que José Varela, operario de Fábrica Militar, el "sanjuanino"; "el Cacho", como lo llamaba su mamá Ramonita en su pueblo, Corralito, había estado protegiéndose a metros de los estallidos, en la casa de un militar, que le dijo que se quedara. Permanecería soportando aquello entre las 9 y las 18. Luego, lo buscarían un primo y un amigo, para retornar a su pueblo, para ver a su madre. El estrés había sido demasiado. Fallecería de un ataque cardíaco al llegar. Nunca vería a Ramonita. 

Serían las siete víctimas directas de aquella barbarie. Eran no sólo nombres, sino sueños, historias de vida. Fueron las víctimas fatales de aquella mañana, calurosa y ventosa.

Del accidente al atentado

En aquella mañana de principios del mes de noviembre, los trabajadores y trabajadoras de la Fábrica Militar estaban en sus puestos de tareas. Tenían a sus familias en la ciudad. Fueron víctimas de la sorpresa, como el resto. Algunos apenas pudieron dimensionar lo que estaba sucediendo. No fue fácil, nada fácil, para ellos. Nunca lo fue.

Pasaría la mañana en medio de la conmoción, la que continuaría avanzada la tarde. Y continuaría. Siempre continuaría. Autoridades provinciales y nacionales llegarían a la ciudad. "Se trata de un accidente y no de un atentado. Ustedes tienen la obligación de difundir estas palabras", fue la respuesta del entonces presidente Carlos Menem, ante los periodistas que allí estábamos, al ser consultado sobre la posibilidad de un atentado.

La Justicia había iniciado la instrucción, y no existían pericias ni nada que señalara el hecho fortuito. Sin embargo la hipótesis accidental ya estaba instalada. Ante una nueva pregunta, diría el gobernador Ramón Mestre: "Descarte totalmente la posibilidad de que esto se trate de un atentado. Esto ha sido un lamentable accidente, y hay que entenderlo de esa manera". Así lo aseguraba el entonces mandatario provincial, acompañando a Menem. 

La hipótesis ya había sido plantada. Y la Justicia, sin dudarlo, se basaría en la misma. El primer juez instructor, el magistrado de Río Cuarto, Luis Rodolfo Martínez, no se movería de esa idea, y al decir de trabajadores de la industria, cuando eran convocados a declarar, si planteaban la posibilidad del hecho intencional, eran casi "reprendidos" por el juez.

Martínez consideraría tres hipótesis para su idea del accidente: el tambor con trotyl, que se encontraba en la Planta de Carga, había tomado fuego, haciéndose incontrolable un incendio que devendría en una explosión de los proyectiles que allí se encontraban. La primera: el inicio del fuego por el efecto lupa de los rayos del sol en  los vidrios del tinglado, encendiendo la hojarasca del sector. La segunda: un colilla de cigarrillo, que habría provocado el fuego. La tercera: las chispas del montacargas que operaban los trabajadores.

En marzo de aquel 1995 se había iniciado la causa por el contrabando de armas a Croacia y Ecuador. En la misma se establecía que el centro operativo de ese ilícito había sido la industria riotercerense. Comenzarían a surgir los interrogantes de si en Río Tercero no había pruebas, o sea un faltante de proyectiles, para disimular. Y si el móvil para lograrlo, no había sido precisamente el estallido de la planta y lo que allí se almacenaba.

En 1998, cuando la causa estaba a punto de cerrarse como "accidente", la querellante penal Ana Gritti, solicitaría una pericia. La intención: que se determinara si efectivamente el trotyl podía tomar fuego, en un tambor, según las hipótesis planteadas. La misma se realizaría en Serrezuela, al norte de Córdoba. El material sería enviado por la entonces DGFM. En la prueba química previa realizada en la Fábrica Militar de Villa María, se determinaría que el mismo tenía aluminio en polvo. Esto es que había sido adulterado. El aluminio propiciaría el encendido del trotyl, abonándose la teoría accidental. ¿Si se había tratado de un accidente, porque se había hecho necesario adulterarlo?

Finalmente, el trotyl que fue al tambor, se extrajo de los mismos proyectiles que había despedido la fábrica. La pericia sería contundente: era imposible que el TNT tomara fuego. Hasta se le colocaría un estopa con alcohol. El perito oficial de la causa, Marcos Sales, concluiría que en realidad el trabajador que operaba el montacargas había impactado con el tambor, el trotyl se había granulado y el calor por la fricción lo había hecho tomar fuego.

El juez Martínez, ordenaría una reconstrucción en la industria. Una vez más, los trabajadores que no sólo habían padecido el dedo acusador, eran sometidos a una prueba que desmentiría aún más la teoría accidental. A uno de ellos el magistrado le ordenaba que maniobrara el montacargas como en aquella mañana. En una, en dos, en tres oportunidades lo haría, pasando siempre a medio metro o más del tambor. La hipótesis de Sales se caería.

El juez convocaría luego por un convenio de asistencia recíproca con Estados Unidos, a un especialista, experito del FBI, que además de cobrar suculentos honorarios, no dejaría demasiado en sus conclusiones, aunque sí, claro, una, esperada por quienes sostenían la hipótesis del accidente. Señalaba que habían sido las chispas del montacargas.

En los '90, década de la voladura, la Fábrica Militar, como otros establecimientos del Estado, había sido sometida al escarnio del desguace: achicamiento del plantel laboral, falta de presupuesto para la seguridad. Quien era el jefe de la Planta de Carga, Omar Gaviglio, imputado por Martínez junto a otros, por "estrago culposo", sostendría que no había sido un accidente y que siempre había solicitado mayor presupuesto para mejorar la seguridad. Había retirado documentación que acreditaba aquel pedido. Martínez tenía que absolverlo.

El juez, que se había inhibido en la causa, al ser denunciado por Gaviglio, sería  nombrado camarista en Córdoba. "Premiado", señalaban algunas voces. La causa se quedaba sin magistrado. Por sorteo era designado un abogado del fuero civil riocuartense, como "juez ad hoc". El conjuez Diego Estévez, realizaría una nueva instrucción, en donde desestimaría todas las pericias, incluida la de 2003, en la que especialistas universitarios de Córdoba, también en Serrezuela, habían concluido que el tambor no había sido el responsable.

Estévez, además, sobreseía a los exmilitares, con cargos jerárquicos en la industria y en la DGFM; no había citado para brindar testimonio a Menem. No sólo eso: procesaba por falso testimonio a dos policías que en la noche previa a la mañana del 3 de noviembre, habían observado desde las afueras de la industria, luego de ser convocados por la guardia civil, movimientos en la Planta de Carga, y a una vecina, la cual había manifestado que en aquella noche del 2 de noviembre había escuchado en el lugar sonidos que no eran habituales.

¿Tenía sentido que quienes no buscaban protagonismo público, hubieran mentido?, era el interrogante general con una respuesta evidente: sin dudas que no lo tenía. No tenía sustento, y más aún, cuando por entonces era demasiado peligroso hablar. En aquel momento, era peligroso no sólo hablar, sino, además, prestar testimonio. 

Luego se conocería que el conjuez para desestimar la pericia de los especialistas cordobeses, había recurrido a un sitio llamado "Rincón del Vago", para conocer las propiedades del trotyl. En el mismo, entre otras cosas, estudiantes suben monografías, además de otros contenidos. Estévez sería convocado por el Consejo de la Magistratura. Se derivaría el caso a una cámara cordobesa, que anularía su resolución y los sobreseimientos.

Luego llegaría como juez subrogante a Río Cuarto, el magistrado titular de Bell Ville, Oscar Valentinuzzi. Determinaba que se había tratado de un hecho intencional, "un atentado", procesando nuevamente a los exmilitares y al expresidente Menem. Así quedaría la causa. En 2011, los fiscales Carlos Gonella y Guillermo Lega, le solicitarían al entonces recién designado juez federal de Río Cuarto, Carlos Ochoa, la elevación a juicio.

En 2014, el Tribunal Oral Número 2 de Córdoba, condenaría a cuatro exmilitares por "estrago doloso agravado por la muerte de personas". Los jueces concluían que el hecho había sido intencional para borrar el faltante de proyectiles por el contrabando de armas, además de ser direccionadas las explosiones hacia la ciudad para que no fueran afectadas las plantas químicas, ubicadas al oeste. Menem, no estaría en aquel juicio.

Una cámara de apelaciones cordobesa, había dictado la falta de mérito para el exmandatario. Ante una presentación de la querella, la misma cámara, con otra composición, anulaba aquella decisión. Y el juez Ochoa, lo procesaba nuevamente. Ahora el mismo tribunal fijó la fecha del juicio, con Menem, para el 24 de febrero de 2021.

La fábrica y los trabajadores

El dedo acusador, por supuesto, con la hipótesis inicial, se dirigió a la Fábrica Militar, y lo que es peor, a los trabajadores. Finalmente, la Justicia determinaba que la industria y los operarios habían sido sometidos a un sufrimiento reprochable. La fábrica, en conclusión, no había sido la victimaria, sino la víctima de un atentado. Los trabajadores,  en tanto, habían sido, como es habitual, el hilo más delgado que se había intentado cortar.

Un año después de la voladura, también hay que recordarlo, el Gobierno decidía despedir a 424 personas de la industria. Se le colocaba un nombre que disfrazaba el despido, "reconversión laboral". Desde los dos mil agentes estatales de sus mejores épocas, en el prólogo del siglo 21 apenas contaba con 196 trabajadores y trabajadoras.

Se hablaba de privatización y hasta de su cierre. La industria había sido desmantelada. Y no era una casualidad. Los fiscales Gonella y Lega, en su pedido de elevación a juicio, hablaban de ese contexto. Aludían a los lineamientos, sin dudarlo, por entonces, de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos a los dictados del Consenso de Washington.

Superada aquella década y aquella genuflexión geopolítica, la industria, con los años, se revitalizaría, superando las 500 personas, aunque lejos, como está expresado, de su mejor momento. Hace tres años se producirían nuevamente despidos. Serían 100 en total. 

La fábrica como industria madre de la ciudad, comenzaría con los años a ser valorada otra vez en la comunidad. Muchas y muchos riotercerenses, habían llegado a la población por la misma y por las otras grandes fábricas, que a partir de su establecimiento, se asentaban en lo que aún era un pueblo incipiente. Se conformaría, como la Argentina, Río Tercero, en una sociedad cosmopolita, pero producto de la inmigración fronteras adentro del país.

Muchas y muchos (incluido quien escribe), sencillamente no hubieran nacido, de no ser por esa industria. Muchas y muchos, padres, madres, abuelas y abuelos, no se hubieran conocido de no haberse instalado aquella fábrica. Es ese establecimiento, denostado en tantas ocasiones, por esa idea de que lo público no es útil. Sí, claro que lo es. Aquella fábrica había transformado a un pueblo en ciudad y generaciones nacerían por la misma.

Que la misma se reactive, no sólo será otorgarle unos puntos de sutura a esa herida comunitaria, interior, que continúa doliendo para la sociedad, sino, además, será importante en la reparación del daño que se le efectuó al establecimiento, resarciendo también el destrato que recibieron sus trabajadores, en diferentes momentos.

Según pasan los años

La mañana de aquel viernes aún continúa vigente en la memoria de los riotercerenses, de quienes vivieron (vivimos) aquello. Y se traslada a las nuevas generaciones, a partir de los relatos orales de sus mayores, como una herida que aún no termina de cerrar. Todavía se recuerda, calurosa y ventosa. Las imágenes que persisten en la mente, aún son de devastación, porque en conclusión las heridas nunca se cerraron. Sólo se disimularon.

Las imágenes de aquella mañana son perennes en registros fílmicos, en fotografías y en la reserva mental comunitaria. Aun quienes señalan que aquello fue superado, al remontarse a esa mañana, calurosa y ventosa, repasarán con lujo de detalles lo que estaban haciendo, en donde se encontraban o como fue su discurrir en la búsqueda de sus seres queridos. No omiten rememorar el dolor y el estupor, que no excluyeron a nadie. 

El después inmediato de aquella mañana, calurosa y ventosa, no fue menos traumático. Por meses y hasta por años, los truenos de las tormentas no fueron los mismos que los anteriores a los de aquella mañana, calurosa y ventosa. No lo fueron los estruendos, cualquiera haya sido su origen. Se aprendió a escuchar y no sólo a oír en la ciudad.

Es que, para que quienes no tengan dimensión de lo que sucedió en Río Tercero, durante aquella mañana, calurosa y ventosa, sencillamente porque no estaban al momento del desastre, debe recordarse que las ondas expansivas de las brutales explosiones se extendieron por kilómetros, devastando todo a su paso. La primera gran detonación, fue un primer golpe, en los barrios cercanos, impactando en todo ser vivo y estructuras.

La segunda y la tercera explosión, fueron las más potentes. Con las mismas, las casas cederían y caerían, pero, además, despedirían desde la entrañas de la industria su carga letal: proyectiles de guerra de diferentes tamaños, miles, y las esquirlas, millones. El cielo de aquella mañana, se teñiría con las mismas. Las calles, patios, veredas, se mostrarían regados por esos objetos, los que, además, provocarían heridas mortales y graves.

Los proyectiles de guerra, que no tenían sus espoletas colocadas (dispositivo que los hace detonar), estarían por días en esos lugares, como una muestra del terror. Algunos estallarían. Otros no, pero su impacto, sería igual de brutal. Perforarían techos y paredes, ocasionarían laceraciones en las calles. Y lo peor: impactarían en los cuerpos, ocasionando muerte y heridas en cientos de personas, esas heridas que dejarían cicatrices eternas.

Por años, hasta el hoy, un cuarto de siglo después, los proyectiles oxidados, con cargas inertes o activas, continúan apareciendo, semi enterrados, o directamente enterrados, para luego ser destruidos por los especialistas en explosivos, en algún lugar alejado de la ciudad. 

Luego de aquella mañana, calurosa y ventosa, las fuerzas federales y la policía provincial, comenzarían con la tarea de retirarlos de las calles, de los patios, de las aceras. Las primeras, los apilarían en el polígono de tiro de la industria, cerca del río, en su extremo norte. El 24 de noviembre, también viernes, en una tarde calurosa, esos proyectiles tomarían fuego. El fuego no podría ser dominado, sofocado. Y estallarían, otra vez.

Y otra vez, una detonación brutal, con otro hongo, y allí sí, nuevamente, como en la mañana de aquel viernes 3, de hacía apenas dos semanas, las personas escaparían de la ciudad con lo puesto. Ya conocían lo que podía suceder. Nuevamente el éxodo riotercerense sería noticia nacional. Y el shock comunitario, se potenciaría. Y ya nada, nunca, sería igual.

"Otra vez no, otra vez no, por favor...", señalaría una joven, llorando, mientras escapaba con otra, abrazadas, hacia algún lugar, o tal vez hacia ninguna parte, pero intentando alejarse lo más rápido posible de aquello. Las tareas de recolección de proyectiles, ya no quedarían a cargo de las fuerzas federales. La realizarían los efectivos de la policía provincial, con escasos medios, en vetustos camiones, arriesgando sus vidas, en cada momento.

Serían quienes los retirarían para llevarlos lejos de la ciudad. Algunos, después de aquello, señalarían las secuelas de esa tarea, la primera por detonarlos en canteras cercanas; la segunda, por la recolección. Se los "reconocería" con unas medallas luego, y desde la Nación, con viviendas, cuyas cuotas se harían impagables. Los proyectiles de guerra finalmente serían llevados a otro predio militar, preparado para contenerlos allí.

Aquella Navidad y Año Nuevo, las inmediatas a lo sucedido, serían sin estruendos, por supuesto, y en algunos hogares, con ausencias irrecuperables. Se abonarían indemnizaciones por lo sucedido, para reparar casas, heridas, y pérdidas humanas, que nunca serían suficientes, pero no se remediaría el daño moral y psicológico.

Con los años se iniciarían demandas en contra del Estado, en la Justicia, para obtener un resarcimiento por lo último. Una ley se aprobaría y promulgaría en 2015. Establecía el pago de montos resarcitorios. La reglamentación de la ley, con el gobierno asumido en diciembre de ese año, se haría esperar, demasiado, cuatro años. Miles aún continúan esperando, porque el decreto, "mal elaborado", señalan en la actual gestión, debió corregirse. Y se asegura, que se avanza que para antes de fin de año "las indemnizaciones" sean pagadas.

Luego de aquella mañana, calurosa y ventosa, algunos pudimos ingresar, con los vecinos, a la zona más castigada. Un hombre, se encontraba junto a un montículo de escombros, llorando. "Esta era mi casa. Por la misma, nunca tuve vacaciones, tengo apenas una bicicleta, mi hija no tuvo su cumpleaños. Todo fue para esta casa. Y aquí está", señalaría. El cronista, quien escribe, no sabría que decirle, sólo colocar su mano en su hombro.

Por meses y por años, se extrañó como nunca la rutina, como se la extraña en el presente, en medio de una pandemia mundial. Es que la rutina, está señalado, suele ser agobiante, pero cuando se la pierde, es necesaria, casi imprescindible. Pasaron 25 años de aquella mañana, cuando le fue arrebatada esa rutina a miles de personas.

Aquella mañana, calurosa y ventosa, marcó un punto de inflexión en la historia colectiva, individual y familiar de los riotercerenses. Aquella mañana, calurosa y ventosa, representó demasiado, tanto, que un cuarto de siglo después se continúa intentando reparar heridas que permanecen doliendo. La heridas exteriores e interiores.

Lo de aquella mañana, calurosa y ventosa, no debería representar una de las atrocidades del pasado reciente para memorizar en la Argentina, sólo para los riotercerenses, sino para toda la sociedad del país. Bombardearon a una comunidad sin estar la Nación en guerra, aunque suene a un dislate casi incomprensible. Lo sucedido debería estar en los libros de historia, ser enseñado en las escuelas, porque no fue un hecho más del pasado.

De aquella mañana, calurosa y ventosa, de las ruinas que dejó la misma, quedan algunas cicatrices visibles, como cráteres de proyectiles que cayeron o alguna "platea" de una casa que fue arrasada. No demasiado más que eso. En el lugar, hay un Paseo del Milagro, porque es real, las víctimas pudieron haber sido miles, y hay historias que trascienden al raciocinio humano, por lo menos en este presente, pero murieron siete personas.

Para los familiares de esas personas el concepto de "milagro", será siempre relativo, aunque acuden al lugar, y recuerdan a sus seres queridos, y agradecen por quienes pudieron salvarse. Están allí, cómo lo están por la tarde, puntualmente, en la plazoleta que recuerda a quienes les robaron sus sueños, sus presentes y sus futuros, sus vidas, en aquella mañana. 

Detrás del alambrado que separa al Paseo del Milagro, el que recuerda al lugar que fue el más afectado, en el interior de la fábrica están los hierros retorcidos, oxidados y exhaustos, mudos testigos de aquella mañana del viernes 3 de noviembre de 1995, calurosa y ventosa. 

Y en el límite, entre lo que explotó y el barrio, se elevan los eucaliptos, que en aquella mañana, calurosa y ventosa, fueron quemados, quedando desnudos, pero sin embargo desde aquella mañana, calurosa y ventosa, año tras año, comenzaron a mostrar brotes con cada primavera, y hoy brindan sombra en ese espacio. Sí, han formado copas amplias.

Tal vez sea una señal de que no todo se acaba. Quizás sea una especie de metáfora de la vida. Tal vez en sus brotes, en sus hojas que resurgen con cada primavera, esté la memoria de quienes ya no están. O sí están, allí, siempre, solicitando que no se pierda la memoria. 

No sólo por ellas. No sólo por ellos.

Que no se pierda la memoria por el conjunto social.

                    En memoria de Romina Torres, Laura Muñoz, Hoder Dalmasso, Aldo Aguirre, Leonardo Solleveld, Elena Rivas de Quiroga y José Varela. 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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