Invierno, el distanciamiento y una postal del balneario en Río Tercero

Ciudad 05/07/2020 Por Fabián Menichetti
El Balneario Municipal de Río Tercero, junto al Ctalamochita, en pleno invierno y en medio del distanciamiento social por el coronavirus, cuando se pudo salir a caminar, fue uno de los sitios elegidos para hacerlo. No sólo eso: para muchas y muchos, representó una revalorización de un lugar que, hasta la llegada de la pandemia, no se disfrutaba, como se lo está haciendo ahora.
Balneario Invierno Ilustrativa

Las hojas marrones que cubren el pasto reseco y blanquecino por las heladas del invierno. Un grupo de jóvenes que corren en los costados del curso del Ctalamochita.

Una mujer, con su barbijo colocado, que camina disfrutando del predio. Un muchacho, con su bicicleta recostada sobre un árbol, y con sus pies introducidos en el agua del río, que está más cristalina y, seguro, más fría que nunca.

Sí, el curso de agua, nunca estuvo más cristalino, límpido. Está bajo el río. Hace tiempo que no llueve. Se observan las algas nítidamente, las piedras en su lecho, toscas y arena, aunque no en la misma cantidad que en otras épocas.

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En el otro costado, junto a la margen norte, pequeños patos navegan sobre la superficie tranquilos, sin nada ni nadie que los moleste. Dos biguá, en tanto, reposan sobre un árbol reseco, seguramente arrastrado por la correntía en el verano, quedando allí. Las aves, descansan sobre troncos que quedaron sobre la superficie acuosa.

Biguá 1
En el otro costado, junto a la margen norte, se eleva en las escarpadas barrancas, cubiertas de vegetación autóctona, el lugar que fue declarado reserva natural. Se trata de "El Caracol". El nombre: por un cañadón que debido a la corriente, luego de intensas lluvias se fue formando con las décadas, con el agua bajando y buscando el río. No tiene forma de caracol, pero el imaginario popular así lo bautizó y así quedó.  

Se escucha allí el trinar de cientos de aves, seguramente deambularán zorros y otros animales. Hicieron bien en declarar a ese espacio, extenso, junto al río, reserva natural. Fue la única manera de evitar que el desmonte lo convirtiera en un páramo sin vegetación y especies autóctonas. De lo contrario, solo serían barrancas desnudas.

Ctalamochita Cristalino
Algunas personas caminan en la costa, junto al mismo, disfrutando de esa porción de naturaleza, que pudo escaparse del avance impiadoso del desmonte. Allí está, para disfrutarlo. Y la conciencia de que debe preservarse, más allá de la legislación que lo hace, y más allá de excepciones que no respetan la legislación, se ha hecho fuerte en la sociedad.

Tal vez ahora más que nunca. Tal vez ahora más que nunca, reitera para sí quien trata de elaborar una crónica de un domingo de invierno, soleado, sin viento, en el balneario de Río Tercero, luego de un aislamiento social que pasó a ser distanciamiento social por una peste que nadie conoce cuando será derrotada.

Es ensordecedor el bullicio de las familias de loros que anidan en enormes y añosos eucaliptos. Uno de ellos, no pudo ser vencido por un tornado que hace algunos años arrasó con cientos de árboles en el predio. Está allí, recostado, pero no vencido. Todavía tiene vida. Es como si señalara: "Conmigo no pudo".

Es imposible, para quien supera el medio siglo, como el cronista, no remontarse a otras décadas, a su niñez, cuando ese balneario no solo era visitado por los vecinos, sino por decenas de turistas que llegaban de otras provincias, para descansar, instalarse en los veranos en el sector del camping, para sus vacaciones.

Luego de una inundación, en los setenta, no fue lo mismo. No obstante, el balneario, el que recorre el autor de este relato, de esta crónica sin línea de tiempo, solo concentrada en el mediodía de un domingo, fue añorado desde que comenzó la pandemia y cuando se inició el aislamiento, por quienes no eran habituales concurrentes.

Unas tres chicas descienden de dos vehículos, depositan una manta sobre el pasto reseco, aprovechando el sol que otorga el domingo sin viento, a metros del curso de agua. Una de ellas, mientras prepara su mate (al igual que otras dos, que preparan los suyos), pronuncia: "¡Mirá vos lo que hizo todo esto! Que nos juntáramos, y en el balneario". Lo señala, como si el predio, hubiera estado ubicado en otro lugar, y no en la ciudad en la que vive.

Sin dudas, el río corre calmo, en este domingo, pareciera, más calmo que nunca. El agua, casi que no emite sonido; no golpea en toscas, ni rocas, apenas lo hace en los desniveles del material colocado debajo de la pasarela y el puente vado. El agua es cristalina, más cristalina que nunca. Quien escribe intuye que esa cristalinidad es por la carencia de lluvias, pero también por la escasa actividad humana en los lagos y balnearios de la cuenca del mismo, por el aislamiento primero; por el distanciamiento, luego. Conjeturas. 

El curso de agua más torrentoso de Córdoba, transcurre calmo, como está señalado, nunca más calmo. En medio de toscas, piedras y algas, que se dejan apreciar, una botella de plástico aparece y una cubierta en la costa, que alguien arrojó, no ahora, pero ahora surge a la vista, mostrando la desaprensión por el río.

El balneario no es el que era, hace décadas, pero tampoco era el que era, hace meses. Quien elabora este escrito, y logra descubrirlo, una vez más, repara en que algunas y algunos lo están descubriendo por primera ocasión. Tan lejos, tan cerca. Siempre estuvo allí, esperando, aunque se eligieron otros lugares, que no pudieron ser elegidos ahora por la imposibilidad de viajar a esos lugares, aunque no estuvieran demasiado distantes.

La conclusión es que el balneario, el río, y aún esos lugares no tan alejados, con el aislamiento y luego el distanciamiento, estuvieron alejados, aunque siempre estuvieron a un paso y por ello, terminaron por convertirse casi en una postal cotidiana, como el patio, como la cocina, una parte de la rutina, esa rutina que abruma, pero que, cuando se la pierde, se la extraña demasiado. ¿Habrá sucedido lo mismo con el balneario?

No son demasiadas personas las que recorren el balneario, quienes pasan con sus bicicletas, o lo hacen corriendo, o se detienen a contemplar la vegetación de la reserva y escuchan el trinar de los pájaros, pero la sensación, que no es sensación, sino una casi convicción, es que no lo están recorriendo, sino disfrutando.

La sensación es que el ciclista que se detuvo junto a un árbol, depositando sus pies en el agua helada, sí, seguramente "helada" del río que corre bajo, manso y cristalino, está disfrutando, como no lo hizo nunca antes del agua helada, de ese momento, sólo para él. La sensación es que un perro, que acompaña a un hombre, disfruta de ese momento, y del balneario. Cosa extraña: el perro camina libre, sin bozal, el hombre, con barbijo.

Y quien escribe, aprovechando el hecho de lograr algunas fotografías de esa jornada, disfruta también de la naturaleza, no reverdecida como la del verano, primavera y otoño, sino de algunos árboles desnudos, de las hojas amarillas y marrones tapizando vastos sectores del predio, y del río cristalino, del invierno de la pandemia.

Y mientras camina, deteniéndose por momentos a observar como un sauce, castigado por el frío de otros horarios, se inclina hacia el río, como rindiéndole tributo a la majestuosidad del mismo, porque desde ese río, surgió ese espacio, que a muchos nos retrotrae a otras épocas, en donde el balneario era el lugar que debía visitarse.

Tal vez, cuando esa "nueva normalidad" que se avecina, porque en algún momento llegará, con la posibilidad de viajar a otros sitios, distantes, con playas de arena fina, en otras naciones, y mares turquesas, se viajará a los mismos, por supuesto, y al retorno, se valorará más el balneario o a las sierras cercanas, con sus ríos y arroyos.

La sensación es que, con tanto tiempo, por lo menos en esta zona, como seguramente sucedió en otros lugares, de aislamiento, apenas pudiendo salir a la calle a comprar o al patio, para quienes cuentan con uno, se valoró más que nunca, lo que hasta ayer, nada más, era casi un hecho, algo que estaba, sin más, allí, demasiado cerca.

Eso sucedió seguramente en las poblaciones con lagos en sus márgenes, o arroyos y ríos, que estaban a metros, pero a sitios a los que no se podía acceder; o en otras comunidades, con plazas, parques, algo de naturaleza, aunque más no sea, espacios que se añoraron más que nunca, y que en ciertos lugares, se siguen añorando.

Los loros, siguen con su bullicio, anidando en la copa de los enormes eucaliptos; desde la reserva que se encuentra al frente, surge el trinar de cientos de pájaros; un perro, sigue transitando con el hombre, las calles del balneario; los que corren, disfrutan de ese momento; las jóvenes, siguen discurriendo en su charla; el río transcurre calmo y cristalino; el sauce continúa rindiéndole tributo; y en medio de toda esa imagen, surge en la memoria de quien escribe, lo que le señaló una persona de su edad, en la jornada anterior:

"Por allí no valoramos el lugar en el que vivimos, lo que tenemos y muchos envidiarían". 

 

 

Fabián Menichetti

Locutor M.P 7724 - Periodista - Editor Tercer Río Noticias. Director periodístico Mestiza Rock - Autor de los libros: Noviembre (1997) y Esquirlas de Noviembre (2011)

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